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Entrevista con la historiadora Sandra Gayol, autora del libro “Honor y duelo en la Argentina moderna”, parte de la peculiar historia porteña.
Historias reales de honor y duelo
Por Carlos Subosky
Los padrinos están nerviosos. Los médicos esperan con impaciencia. Veinte pasos separan a los dos contrincantes en el campo de honor. El duelo esta por comenzar. De una lado el desafiante, el escritor y militar Lucio Mansilla. Del otro el desafiado, Pantaleón Gómez, director del diario El Nacional. En ese diario se había publicado una sátira sobre Mansilla, lo que produjo el duelo. EL honor se defendía en el terreno, una quinta en Buenos Aires un 7 de febrero de 1880.
A la voz de fuego Gómez apunta al piso y dispara mientras dice “Yo no mato a un hombre de talento”. Pero no llego a terminar de decir talento, cuando la bala de Mansilla da de lleno en su cuerpo y cae herido de muerte. El autor de “Una excursión a los indios ranqueles” se acerca a Gómez, agonizante. Se arrodilla y llorando le besa la frente. Este incidente, será una sombra que perseguirá al escritor toda su vida, incluso de forma judicial.
Esta fue una tragedia por la defensa del honor, decidida en un duelo, aunque con un resultado excepcional, ya que a diferencia de lo que sucedía en Europa pocas personas morían en los duelos en Buenos Aires era una práctica frecuente en la Buenos Aires de fines del siglo XIX y comienzos del XX, entre una elite que se constituía así misma. Que, de esa manera, creaba sus propios códigos, para diferenciarse y adquirir prestigio. Un fenómeno que incluyó a miembros de la cultura, de la política y de las más variadas profesiones.
Hipótesis que sostiene la historiadora Sandra Gayol en su libro “Honor y duelo en la Argentina moderna” publicado por la editorial Siglo XXI. En esta investigación de 7 años, Gayol recorrió fuentes periodísticas, literarias, policiales y judiciales para escribir este trabajo que estudia el honor y el duelo en Buenos Aires. El trabajo abarca el período en que los desafíos tuvieron mayor presencia en la sociedad porteña (1880-1920).
“Hay dos cosas a rescatar y es que por un lado se ve la importancia que tenía un valor como el honor en una sociedad que estaba atravesando cambios sustantivos y estructurales. Por otro lado, digo que pertenecer a la elite no era algo que era así de una vez y para siempre, sino que había un proceso de construcción del caballero en lo social y político que apelaba al duelo, como mecanismo diferencial”. Su hipótesis se contrapone a aquella sostenida por algunos historiadores, que dice que ser caballero era algo que estaba dado por la clase social o por el linaje. Esta era una sociedad, dice la historiadora, donde “había la necesidad de generar prácticas de diferenciación y legitimación cultural, social y política y el duelo viene a cumplir esta función”.
La literatura por su parte, reflejó este proceso. “El honor y el duelo aparecen muchísimo en la literatura del período. Por ejemplo en las novelas que integran lo que se conoce como `el ciclo de la Bolsa´ -obras que giran en torno a la crisis integral de 1890- en donde muchos perdieron el honor por el dinero” dice Gayol. Agrega que esta era “una sociedad donde aparece de manera casi brutal la asociación de la actividad política como sinónimo de corrupción y de delito”.
Esto aparece claramente en autores como Julián Martel (seudónimo de José María Miró) que en su libro “La Bolsa” (1891) que relata con tendencia crítica, el mundo bursátil y a la especulación financiera luego del crack de 1890. Martel describía a ese mundo corrupto y falto de códigos de honor.
También en esa línea escribió Carlos Maria Ocantos en “Quilito” (1891). “En estos escritos -dice la historiadora- siempre aparece algún duelo, en menor medida que el honor, que está muy omnipresente. Los motivos para un desafío eran la acusación de corrupto, ladrón o cobarde, todas injurias clásicas de período”.
Otro autor que escribió sobre el honor y el duelo fue el mismo Mansilla. En un capítulo de su libro “Entre-nos. Causeries del jueves” relató, no sin ironía, su primer desafío: “Yo era allí, en ese momento, un cumplido caballero. La procesión andaba por dentro. La suerte lo favoreció a mi adversario, tocándole tirar primero. De todos los sonidos o ruidos, el más difícil de definir y explicar es el sonido o ruido de una bala. La bala silbó... Las dos orejas -no tengo sino dos- me dijeron: eso es el silbido de una bala. (…) Yo, entonces, solté todo el aire que habían almacenado mis pulmones, me moví, hice con disimulo todos los movimientos musculares tendientes a asegurarme de que no estaba herido...”
En esa sociedad porteña la defensa del honor por medio del duelo era visto, aunque parezca paradójico, como algo civilizado, según cuenta la historiadora, porque era lo opuesto al duelo popular y a las distintas formas de violencia política y social. Era una sociedad desbordada, donde cualquiera podía ser víctima de la violencia. Para la autora de la investigación esta elite formada en torno al duelo era “mucho más meritocrática y más burguesa de lo se que supone” dice Gayol.
En Buenos Aires, los duelos eran con pistola o espada, pero la mayoría de las veces, los combates no llegaban a realizarse porque los padrinos lograban una mediación.
En aquel momento estaba presente la preocupación de construir una elite moderna, integrada y civilizada. Esto puede apreciarse en la literatura de la época, no sólo en las novelas sino también en las memorias y en las autobiografías de numerosos integrantes de las elites o aspirantes a ellas. Como un ejemplo pueden citarse los trabajos de Eduardo Wilde o en libros como “La gran aldea” de Lucio López - nieto de Vicente López y Planes, autor de “Himno Nacional” - donde el honor era la base del pensamiento moderno y era un código moral indispensable para la sociedad. El propio López fue abatido en un duelo con el Coronel Carlos Sarmiento. La muerte de este escritor causo gran conmoción en Buenos Aires. Ante la noticia de la muerte López, Miguel Cané le escribió acongojado a Edmundo de Amicis: “Lucio ha muerto en un duelo por un hombre a quien vio por primera vez en el terreno (…) ¿Qué hizo de mal en batirse? Harto lo sabemos: Pero este hombre lo insulto gravemente y nuestro amigo cedió a la preocupación social".
Esta preocupación social por el honor se extendió en los medios gráficos de la época. La prensa tuvo un rol fundamental en la publicación de solicitadas injuriosas hacia personas acusadas de cobardía o corrupción. “Este libro – dice Gayol - no hubiera sido posible sin la prensa, porque a través de ella se pueden seguir paso a paso los conflictos, como se comportaban los duelistas, quienes fueron los padrinos. La prensa daba el conocimiento público de los conflictos y cumplió un rol esencial como difusora del código de honor”. Incluso en el diario La Nación, el periodista Emilio Mitre, bajo el seudónimo de Argot, tenía una sección dedicada a responder preguntas de los lectores sobre el duelo, los códigos de honor o procedimientos. Era una especie de consultoría para el público.
Acompañando este proceso, los políticos vieron en el honor, la injuria y el duelo un mecanismo para crecer públicamente. “La injuria formaba parte del lenguaje político y el duelo era parte de las prácticas políticas de ese momento. Sí alguien quería ganar fama o aumentar el capital político uno de los recursos era la injuria y después la satisfacción” dice la historiadora.
Son famosos los duelos del socialista Alfredo Palacios-uno de sus duelos aparece citado en el tango “ Barullo en la barra” de Juan María- o del radical Hipólito Yrigoyen, quien se enfrentó con espada a un joven Lisandro de la Torre, en septiembre 1897.
Pero luego de un momento de auge, el duelo comenzó a perder notoriedad y legitimidad a partir de la primera década del siglo XX. “El duelo no desaparece por una persecución estatal sino porque pierde significado social y político. Esto era porque la gente saldaba los agravios de otra manera” dice Gayol. Este proceso de decadencia aparece en la literatura, que comienza a hablar de los desafíos en forma de parodia o crítica. Los cuestionamientos aparecieron hasta de parte de una figura visible en la sociedad de la satisfacción como Lucio Mansilla, quién escribió que el duelo “era inútil pues no servía para nada”. También puede verse este cambio social en la obra teatral "¡Mátame!” de Julio Escobar, de 1924, donde surge el tema del duelo con mucha ironía. Escobar no ahorrará palabras en su obra para mostrar el absurdo de esta práctica. En otros escritos sostiene que el duelo “animaliza a los hombres”.
Sin embarg o Sandra Gayol demuestra, a través de una base de datos de más de 2000 desafíos que realizo para su trabajo, que el duelo continuó durante el siglo XX, aunque con otros significados. Según esta los últimos duelos datan de 1971 y en su mayoría fueron entre militares e incluso, dice Gayol, entre militantes montoneros.
Aquel sentido del honor de 1880-1920 hoy ha cambiado, para la historiadora. “El honor casi ha desaparecido o perdido presencia del lenguaje cotidiano y también perdió visibilidad pública” concluye Gayol.
Nota sobre Sandra Gayol
Bolívar -1964 Historiadora.
Se doctoró en la la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Es investigadora del CONICET, profesora de la Universidad Nacional de General Sarmiento y directora del Doctorado y Maestría en Ciencias Sociales UNGS-IDES. Escribió “Sociabilidad en Buenos Aires. Hombres, honor y cafés: 1862-1910”, “Formas de historia cultural” junto a la historiadora Marta Madero. También realizó la compilación “Violencias, delitos y justicias en la Argentina”Además ha publicado numerosos artículos sobre historia social y cultural argentina.
Imágenes: El Clarín
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