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La estrategia de fomentar el analfabetismo científico en el otro no da para más PDF Imprimir
Escrito por Marcelino Cereijido   
Miércoles 24 de Marzo de 2010 08:59

La religión de ese dios supremo, representado e intermediado por una institución, la Iglesia, exponía yo en el texto de la semana anterior, ha organizado cruzadas para aniquilar a seres humanos, que luego creó algo tan espantoso como la Inquisición con la que torturó y mandó a la hoguera a quien se le ocurrió, sobre todo a las mujeres. Aún hoy sigue discriminando a la mujer, al ciudadano, al niño y reclamando el derecho de aprovechar su estado de creyente para meterle en la cabeza una cantidad de conceptos como los que mencioné en mi texto anterior, en un momento en que el niño incorpora información sin tamizarla primero por un filtro racional.

Es indudable que la vigencia de este modelo explicativo religioso requiere de una moral y una inteligencia demasiado menguadas, y mentes extremadamente neuróticas (a veces psicóticas) para que alguien lo incorpore a su manera de interpretar la realidad. No sorprende entonces que las religiones institucionalizadas, por lo menos las que influyen en la cultura occidental, que es la misma que generó la manera de interpretar “a la científica”, estén poderosamente interesadas en provocar un analfabetismo científico inducido del cual ahora dependen para eternizarse (también se puede consultar otro texto, Cereijido, M. La ignorancia debida, Ediciones del Zorzal, Buenos Aires, 2003). Esto desencadena un círculo vicioso: para apoderarse del aparato educativo, impedir que se difunda la manera de interpretar “a la científica” e inyectar en su lugar su propio modelo explicativo plagado de errores e inmoralidades, las instituciones religiosas dependen de un grado de ignorancia y un bajísimo nivel ético, pero dado que estas condiciones les aseguran electorados inmensos, contarán en todo el Tercer Mundo con un número suficientemente grande de personajes que los apoyarán a cambio de que induzcan a –ahora sí, “sus rebaños”– a votar por ellos. ¿Tiene la ciudadanía derecho a protegerse de dichas contaminaciones cognitivas y morales? Opino que sí. ¿Es honesto que en reuniones como éstas, consagradas a analizar y mejorar la cultura iberoamericana, nos encojamos de hombros ante estos detalles de esta cultura? Opino que no.

El Homo sapiens se ha transformado en la especie ciencia-dependiente. Requerimientos termodinámicos inherentes a las cadenas alimenticias limitaban la densidad poblacional humana durante la Edad de Piedra a una persona por kilómetro cuadrado. Hoy en cambio la ciudad de Nueva York contiene más habitantes de los que existieron en aquella Edad de Piedra. La vida de cada uno de aquellos habitantes de la Edad de Piedra duraba unos 20-25 años. Hoy gran parte de la población es mayor que esa edad, gracias a vacunas, antibióticos, cirugía abdominal, cardiaca, anteojos, marcapasos, antihipertensivos, anticoagulantes, drogas que suprimen ataques epilépticos y previenen comas diabéticos; calefacción, ascensores, transporte de alimentos en camiones refrigerados, agua y fuerza eléctrica traídas desde centenares y miles de kilómetros. Si el mago aludido en mis entregas anteriores tocara con su varita nuestro planeta e hiciera desaparecer ahora todo lo surgido gracias a la ciencia y tecnología, moriría en menos de una semana más del 80 por ciento de la humanidad y buena parte de nuestros ganados y plantaciones.

La estrategia –formulada explícita o tácitamente– del Primer Mundo de reservarse el conocimiento y uso del modelo científico para sí, y mantener al 85-90 por ciento de la población mundial atada moral y cognitivamente a modelos perimidos, místicos, ha llevado a que el Tercer Mundo se convierta en una bomba humana. Para escapar de sus infiernos los tercermundistas se meten de a millones en el Primer Mundo, al que llegan flotando en balsas, atravesando vallas electrizadas, sofocándose en contenedores… y esos son los afortunados que llegan a cumplir su objetivo, porque muchos sucumben de a millares en el fondo del mar, pereciendo de sed y hambre en abrasadores desiertos, sufriendo dentelladas de perros bravos. Muchas ciudades del Primer Mundo hoy tienen mayorías asiáticas y africanas que votan, y que no están lideradas por educadores, sino por sacerdotes que se manejan con los modelos y la moral que hemos detallado en párrafos anteriores.

Única salida… si es que estamos a tiempo de implementarla.

Me he referido a la ciencia como la mejor manera de interpretar la realidad que la humanidad ha desarrollado hasta ahora. Es obvio que es también la mejor herramienta para solucionar problemas a medida de que estos son enfocados y resultan ser solucionables. Como se recordará, al aludir al Primer Mundo no me basé únicamente en su ciencia, sino también en su cultura compatible con la ciencia. ¿Por qué no tenemos en el Tercer Mundo una cultura análoga? Hay muchas razones –al aludir al papel de los defensores de los modelos religiosos ya me extendí sobre una de esas razones–, ahora el tiempo apenas me permite bosquejar cinco:

1) Debemos transformar de cuajo nuestra divulgación para que no siga presentando a la ciencia como un museo de cera y a los científicos como payasos entretenidos en cursilerías. Debe incorporar por ejemplo los temas de esta disertación.

2) Salvo honrosísimas excepciones, nuestros líderes intelectuales son profundamente analfabetos científicos. Baste ir a una librería y comprobar que sus mesas centrales están atestadas de profundos ensayos en que, por ejemplo, para referirse al Siglo XX no olvidan presidente, huelga, golpe de Estado, devaluación de la moneda, crisis económica, reyerta entre la ciudad y el campo, el clero y el Estado, gremialismos, cuartelazos y matasietes de toda laya. Pero en un Siglo XX que ha visto desintegrar el átomo y secuenciar el genoma humano, desarrollar la cirugía abdominal, la cardiaca y la del sistema nervioso central, la aviación, la telefonía satelital, la televisión, la computación, esos sabios no advierten que su sociedad no fomentaba la ciencia y seguía fomentando un modelo interpretativo perimido por causas cognitivas y morales. Como recalqué, la ciencia es invisible para el analfabeto científico.

3) Seguimos discriminando a nuestros niños y mujeres. Seguimos permitiendo que se mutilen sus cerebros y pisoteen sus derechos a través de muchos resortes que incluyen la destrucción del aparato educativo. La justicia alcanza, a veces, a quien empuñó un fusil y una picana, pero habitualmente no alcanza a los mentores intelectuales de tales crímenes.

4) Debemos idear la manera de transformar la masa en ciudadanía democrática.

5) Si hoy un ministro de salud enloqueciera y aconsejara vacunar a nuestros niños con un clavo oxidado, esperaríamos que nuestros médicos pongan en juego su civismo aclarando que eso mataría a nuestros niños de tétanos. Pero, valga la analogía, no podemos contar en cambio con que nuestros filósofos le aclaren a nuestros funcionarios que no hay dos epistemologías, una para entender y otra para aplicar, que algo se conoce o no se conoce, en cuyo caso es imprescindible desarrollar una ciencia, de la única, para que no sigan propalando sandeces sobre “ciencia básica” y “ciencia aplicada”, que la misión fundamental de la ciencia no es necesariamente producir mercancías, sino el forjar un ser humano que sepa y pueda. Nuestros sociólogos y economistas deben encontrar la manera de hacer entender a esos mismos funcionarios que no deben colocarle a la ciencia de su país un arnés administrativo que la traba.

En resumen: debemos aprovechar encuentros como el que hoy convoca esta sociedad de cooperación iberoamericana, para planear y lanzarnos a una campaña urgente de alfabetización científica. Tenemos con qué, y acaso aún estemos a tiempo (consultar el libro en el que elaboro algunos de los puntos tocados en esta disertación, y aconsejo bibliografía pertinente, Cereijido, M., La ciencia como calamidad. Gedisa, Buenos Aires, 2009).

 

*6ª y última parte de “Analfabetismo científico”, conferencia inaugural del VI Campus Euroamericano de Cooperación Cultural por el Dr. Marcelino Cereijido, el 24 de marzo de 2009

 

El autor es Profesor titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.

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