| Los dramas del analfabetismo científico |
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| Escrito por Marcelino Cereijido |
| Miércoles 24 de Febrero de 2010 08:45 |
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Así como el analfabetismo común consiste en no saber leer y escribir, el analfabetismo científico se refiere a la incapacidad de interpretar la realidad a la manera científica. Y así como ser analfabeto casi equivale a ser pobre y aun miserable, ser analfabeto científico, sobre todo cuando es el estatuto de todo una sociedad, asegura la pobreza, la miseria, la dependencia y la humillación. Dado que esta conferencia se refiere al analfabetismo científico, y se concentra en el que afecta al Tercer Mundo, enumeraré los principales dramas que conlleva: 1) Por supuesto, carecer de ciencia en un mundo en el que ya van quedando pocas cosas de envergadura que se puedan manejar sin ciencia y tecnología avanzada. La experiencia muestra que hoy la salud, producción industrial, transporte, comunicaciones, comercio, educación, diplomacia y todas las tareas que el Estado se ve precisado a regular, se ven seriamente perjudicadas cuando esta regulación se confía a manos de analfabetas científicos. 2) La ciencia es invisible para el analfabeto científico. Contrario a otras necesidades como la de alimentos, agua, medicinas, energía, en las que el afectado es el primero en señalar la carencia con toda exactitud, cuando una sociedad no tiene ciencia, no lo puede detectar y ni siquiera entender, así se le explique. Es triste, pero este drama se pone en evidencia cada año en el cándido discurso del presidente mejor intencionado, cuando se dirige a su comunidad de investigadores: “En este momento tenemos problemas serios y urgentes, pero prometo que ni bien los solucionemos, apoyaremos a la ciencia”, que a nosotros, los científicos, nos suena: “Ahora tengo todas esas ecuaciones diferenciales que resolver. Pero prometo que ni bien lo consiga estudiaré a ver qué es eso de matemática”. Así es, mientras el Primer Mundo se apoya en la ciencia, el Tercero promete apoyar a la ciencia, momento que por supuesto jamás podría llegar. Si quienes mejor interpretan la realidad japonesa no fueran los propios japoneses, Japón sería un país subdesarrollado. Les dejo como ejercicio preguntarse si quienes mejor interpretan la realidad actual e histórica de Egipto, Grecia, Mesopotamia. 3) Curiosamente, a pesar de este panorama, el tercer drama del analfabeto científico consiste en creer ¡que sí! sabe muy bien qué es la ciencia, de donde deduce que no la necesita. ¿De dónde saca esta creencia? Generalmente de una divulgación científica bien intencionada pero mal concebida. Basta hojear una revista de divulgación o visitar un museo de ciencia-para-jóvenes-tercermundistas, para constatar que en su comprensible esfuerzo por hacer más ameno el conocimiento científico y atraer una concurrencia que justifique su existencia, recurren a lo curioso y aun insólito: “¿Sabía usted que si una persona saltara como una pulga, podría brincar un edificio de veinte pisos? ¿Sabía usted que un agujero negro sideral es capaz de comerse una galaxia entera?” Alegra ver chicuelos que se divierten en esos museos tocando la bola brillante de un acumulador y viendo que se le erizan los cabellos, o deleitándose ante el ordenamiento de limaduras de hierro sobre un papel apoyado en los cuernos de un imán. ¿Cómo evitar que luego el analfabeto científico dé por sentado que los científicos somos una caterva de vagos que pretendemos que se nos pague para entretener nuestros ocios buscando curiosidades y esperpentos? ¿Cómo hacer para que ese mismo analfabeto entienda que en verdad los científicos “odiamos” por así decir lo estrafalario, y que por el contrario buscamos las regularidades de la realidad, para tratar de destilar de ellas las leyes que explican qué es y cómo funciona? Luego, no resulta insólito que un gobierno tercermundista, anegado en el más triste analfabetismo científico declare con sincera buena voluntad “Yo, en lugar de que nuestros científicos malgasten nuestro magro presupuesto en estudiar agujeros negros que se comen una galaxia… preferiría utilizarlo para que los niños de mi patria coman alguna proteína”. 4) El analfabeto científico nos hunde en todavía un cuarto drama. Para la ciencia la realidad está plagada de variables; para el analfabeto científico en cambio la realidad es muy sencilla, pues tiene una única variable: el dinero. Un recalcitrante pensamiento economicista ha emponzoñado la mente de nuestra sociedad, y la ha convencido que todo problema es de índole económica, y que todo se arreglaría con dinero. “Política científica” no es más que una forma de erogar un presupuesto. El analfabeto científico da por sentado que las cosas mejorarían poniendo algún burócrata al frente de sus instituciones del saber para que las administre. La ciencia de un país tercermundista pasa así a ser regida por verdaderos irenarcas que jamás han accedido a interpretar la realidad “a la manera científica”, situación que asemeja a que nuestros hospitales estén liderados por personajes cuya concepción de la salud no vaya más allá que la doctrina de Paracelso y el modelo de los humores. Como lamentaba un colega: “¡Si por lo menos cuando una urgencia médica los lleva a un hospital, no los operara un cirujano, sino un administrador…!”. 5) Aclarar el quinto problema entraña casi un bizantinismo, pero lo menciono porque es así y todo de una gravedad extrema. El pobre carece de cosas que el rico ya tiene, ¡vaya perogrullada!, circunstancia que le impide al analfabeto científico apreciar el tremendo riesgo que conllevan las novedades. La felicidad de un pueblo tercermundista no radica en que invente un teléfono mejor de los que ya existen, un medicamento más eficaz de los que ya hay en el mercado, una computadora que haga más proezas de las que realizan las que ya tiene el Primer Mundo. Para comprender por qué insistí en que la ciencia es una manera de interpretar la realidad, debo señalar ahora que esa realidad es en buena parte producida por la investigación científica que tiene el Primer Mundo. Puesto en otras palabras, vivimos en un mundo que va siendo cada vez menos natural, y que está hecho a partir de las novedades que producen quienes tienen ciencia. Para que no se nos escape este punto, y afianzar de paso un concepto que introduje hace unas páginas de que todo organismo vivo depende de interpretar la realidad en que necesita sobrevivir, en lugar de referirme al ser humano me referiré al drama de una polilla que sea analfabeta científica, es decir, que no entienda la realidad que le plantea la ciencia. Las polillas gitanas desbastan los sembrados. En un momento dado se les combatió con DDT, que es tóxico para ellas y para nosotros los consumidores. Pero la Selección Natural hizo que murieran las polillas más sensibles al DDT y que las generaciones siguientes tuvieran una mayor proporción de polillas resistentes. Se fumigó entonces con una mayor cantidad de DDT, pero las poblaciones de polillas volvieron a adaptarse a través de la selección de padres/hijas de polillas resistentes a dichas substancias. Cuando la cantidad de DDT empleado llegó a contaminar los alimentos con niveles peligrosos para la salud de los seres humanos, se declaró perdida la guerra contra las polillas gitanas, pues ellas se habían podido ir adaptando a la realidad-con-DDT, los humanos no. Pero aquí viene la sutileza científica. Para que las polillas puedan reproducirse, los machos deben encontrar hembras con las cuales procrear. Esto depende de que las hembras exhalen feromonas. Los machos son tan increíblemente sensibles a estas sustancias, que pueden detectar una hembra a kilómetros de distancia. Entonces la ciencia averiguó la fórmula química de las feromonas, las sintetizó en el laboratorio, y fumigó los campos con ellas. Los machos de la polilla gitana no pudieron discernir cuáles de las señales provenían de hembras de verdad, y cuáles otras eran lanzadas desde una avioneta; ahora los llamados del sexo les llegaban de todos lados. Es como si todos los habitantes de la ciudad llamáramos a los bomberos simultáneamente: al pobre que en serio se le está quemando la casa estará perdido. Lo llamaron “castración informativa”. Los machos no pudieron interpretar una realidad producida artificialmente por la ciencia. Regresemos ahora a los analfabetos científicos humanos. Por miles y miles de años, el ser humano producía con recetas (saber cómo, know how) transmitidas de boca a boca a través de las generaciones, aún en el caso de que no se conociera el mecanismo: quesos, vinos, tejidos, tinturas de telas, aleaciones, medicinas, procedimientos agrarios, curtido de cuero, producción de aleaciones. Se transmitía el cómo, aunque se desconociera el porqué. Este porqué debió esperar milenios, pues para entender por qué una tintura o el vidrio de un vitraux es rojo o azul, se necesitó saber de espectros y vibraciones atómicas que sólo estuvieron disponibles en el siglo XX. Para saber el porqué de quesos y vinos hubo que esperar hasta que la ciencia entendiera de catalizadores y enzimas. Pero en cuanto la ciencia lo supo, cayó en la cuenta de que “entonces… hay una técnica mejor para hacerlo” y el “saber cómo” empezó a cambiar la realidad cotidiana, por otra producida por la ciencia. Un obrero no puede entender por qué funciona una cámara de fotos de diez megapixeles con recetas que le pasó la abuela, ni puede competir con recetas para hacer pinturas que secan en el acto, son hidrofóbicas y tienen mil propiedades más, incluidas la del costo de producción, con los viejos cómo que le transmitió la tradición de su terruño. Ningún país tercermundista puede producir aviones, teléfonos, citostáticos, satélites de comunicación con fórmulas ancestrales. Tampoco puede ya desarrollar la industria minera, ni agrícola, ni sanitaria. De pronto el ser humano vive anegado de una realidad que no entiende, porque ya no es natural, esta vez se la han fabricado la ciencia moderna y las tecnologías avanzadas. Y si un mago tocara con su varita mágica al Tercer Mundo y pudiera decir ¡abracadabra! y ponerlo al día con los teoremas, procedimientos computacionales, industriales que hoy sólo domina el Primer Mundo, la ciencia le volverá a alterar la realidad en poco tiempo y lo transformaría en un análogo perfecto de la polilla gitana. 3ª Parte de ”Analfabetismo científico”, conferencia inaugural del VI Campus Euroamericano de Cooperación Cultural por el Dr. Marcelino Cereijido, el 24 de marzo de 2009 |
El autor es Profesor titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.
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