| Versión personal de la ciencia |
|
|
| Escrito por Marcelino Cereijido |
| Miércoles 17 de Febrero de 2010 08:44 |
|
Todo organismo sobrevive si y sólo si es capaz de interpretar eficientemente la realidad que habita. Si una babosa, tan simple que carece de cerebro, no pudiera interpretar que hacia la izquierda se han agotado los nutrientes, y que en cambio estos abundan hacia la derecha y le conviene dirigirse hacia ese lado, sería demasiado tonta como para sobrevivir como babosa. Importa relativamente poco que esta interpretación sea consciente o inconsciente. La conciencia es una recién llegada al planeta. No tiene ni 50 mil años, o sea “nada” en una vida que lleva unos 3,700 millones de años de evolución. La estructura y función de la vida, su apabullante diversidad y la misma producción de la especie Homo sapiens, son productos inconscientes. Humphry Davy habrá pasado a la historia porque en 1808 descubrió el calcio; pero es bueno tener en cuenta que un bebé de dos años en cuyo cuerpo comience a escasear dicho elemento, detectará la carencia, recurrirá a comer revoque de las paredes -que contiene calcio- y así evitará enfermarse. La historia tiene registrado cómo hizo Davy para saber que la realidad contiene calcio, pero aún desconoce cómo hace un bebé para interpretar y resolver su necesidad de calcio. Por supuesto, ya dotado de una conciencia, el Homo sapiens la incorpora a su instrumental para interpretar la realidad. En un comienzo habrá advertido que si bien podía tomar un guijarro, le era difícil atrapar en cambio una rana o un pájaro, porque éstos tienen motu proprio y escapan; supuso que estos tienen ánima y los catalogó como animales. Pero aquella taxonomía animista fue luego superada en las etapas politeístas, cuando pasó a suponer que todo lo marítimo era regido por Poseidón, el cielo por Urano, el amor por Eros. Luego el paso a los monoteísmos requirió una verdadera hazaña intelectual. En un politeísmo los dioses pueden discrepar; en cambio, en un monoteísmo el único dios no puede tener contradicciones. El acceso a los monoteísmos dependió de inventar ni más ni menos que la coherencia de Dios, que fue más tarde un elemento fundamental en la transición hacia la manera científica de interpretar la realidad, pues la ciencia no es un amontonamiento de saberes discordantes, sino que estos se hallan sistematizados al punto que Pascal la comparaba: “…al cerebro de una sola persona que aprendiera continua e indefinidamente”. Puestas así las cosas, la ciencia no es para mí otra cosa que una manera de interpretar la realidad, que consiste en hacerlo sin recurrir a milagros, revelaciones, dogmas ni al Principio de Autoridad, por el cual algo es verdad o mentira dependiendo de quién lo diga: La Biblia, el Papa, el rey, el padre. Es un producto de una evolución de las maneras humanas conscientes de interpretar y hasta hace apenas un par de siglos fue producida por personas que acaso sólo apelaban a la manera científica de interpretar cuando estaban enfrascadas en sus investigaciones e interpretaciones de la realidad que habían escogido estudiar (las montañas, las estrellas, las plantas, las enfermedades), pero que podían seguir siendo profundamente religiosas en su esfera personal. Hoy damos por sentado no solamente que la ciencia es aplicable a toda la realidad sobre la que pueda formular una pregunta capaz de ser respondida, sino que es una misma ciencia para realidades tan disímiles como un sistema planetario y una berenjena, un hongo y una polea, pero esta universalidad de la ciencia es en sí un descubrimiento que se viene haciendo sobre su naturaleza y su adecuación al Universo. Considero superfluo aclarar que, dado el eje temático de esta presentación, me estoy concentrando exclusivamente en aspectos cognitivos de las concepciones místicas, pero que las religiones tienen además un descomunal componente emotivo que, sobre todo en las sociedades subdesarrolladas, las convierte en una fuente inagotables de contrasentidos e inmoralidades. El concepto de ciencia está lleno de malos entendidos. La manera de interpretar la realidad a la manera científica tiene apenas medio milenio de existencia, es decir, es mucho más joven que la palabra “ciencia”, circunstancia que hace que hoy el concepto de “ciencia moderna” esté cargado de malos entendidos. Este no es el lugar de aclararlos (consultar los libros ciencia sin seso locura doble. Siglo XXI, México, 1994, y Por qué no tenemos ciencia. Siglo XXI, México, 1997, ambos de mi autoría), pero así y todo necesito referirme a alguno de ellos. Por ejemplo, es común que la gente tome ciencia e investigación como si se tratara de sinónimos exactos. La ciencia es como digo una manera de interpretar la realidad (sin recurrir a milagros, revelaciones, dogmas ni al principio de autoridad). En cambio la investigación radica en el talento, la habilidad y el entrenamiento para tomar una porción del caos de lo desconocido, analizarlo, explicarlo e incorporarlo al patrimonio del saber científico. Idealmente, el científico y el investigador deberían ser la misma persona. Pero abundan los colegas científicos que si bien jamás invocarían milagros ni revelaciones para interpretar el metabolismo de las proteínas, terremotos, fenómenos cósmicos, carecen de un mínimo de originalidad para ganarse la vida profesionalmente y, concomitantemente, también pululan cada vez más los colegas investigadores que son un destello de creatividad y productividad, pero creen a pie juntillas en deidades con poder suficiente para transgredir las leyes de la naturaleza y favorecer con milagros a quienes le dediquen plegarias, la resurrección de los muertos y otras fantasmagorías que contaminan luego a la sociedad entera. Para resumir este punto: la investigación entraña novedad, la ciencia no, o no necesariamente. Un científico que no tenga dotes de investigador puede ser así y todo un excelente docente, un editor de revistas especializadas que se erige en epistemólogo práctico, un aduanero de la ciencia que acepta o no para su publicación un manuscrito siempre que su contenido cumpla con una serie de criterios que él conoce, encarna y defiende: novedad, solidez argumental, claridad, estadística, referencia a contribuciones previas, etcétera. Es también común que un científico no original integre equipos de investigación en los que hay gente creativa, a los que puede aportar una solidez y erudición teórica imprescindible, habilidad para manejar datos experimentales, destreza en el uso de aparatos de tecnología avanzada. Pero eso es harina de otro costal. |
El autor es Profesor titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.
Más acerca de Marcelino Cereijido Mattioli