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| Una saga en el campo de la ciencia |
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| Escrito por Marcelino Cereijido |
| Miércoles 10 de Febrero de 2010 11:23 |
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No es elegante abrir una conferencia sobre la cultura, la ciencia y el intercambio euroamericano hablando de uno mismo, pero lo haré porque mi saga pinta en blanco y negro el tema de esta charla y nos ahorrará tiempo. A los 17 años de edad me sobraron motivos para ingresar a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires: quería conocer el fenómeno de la vida, la muerte y todo lo que hay entre ambos extremos, y convertirme de paso en un médico tan útil, respetable y próspero como el que atendía su consultorio a una cuadra de casa. Y si bien me gradué de médico y luego de doctor en medicina, el encuentro con grandes maestros torció mi destino y salí convertido en un investigador científico que, una vez graduado, jamás atendió un paciente. Ser científico me encanta, a tal punto que suelo decir que, de volver a nacer, volvería a hacerme científico; pensamiento tanto o más curioso cuando serlo me valió la cárcel, la cesantía, el exilio, la dispersión de mi familia. Justamente, esa discrepancia dividió mis esfuerzos en, por un lado, vivir del ejercicio profesional de la fisiología celular y molecular y, por otro, tratar de entender por qué una Argentina que me había formado gratuitamente, otorgado títulos, becas y premios se encarniza así con los científicos, al punto que cuando escribí el libro La Nuca de Houssay (Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, 1990.), le puse la siguiente dedicatoria que también ayuda a plantear el eje de esta presentación: A mis paisanos argentinos que comieron del árbol del conocimiento, fueron arrojados del Edén, y hoy tratan de ser felices en esa enorme provincia Argentina de Ultramar en la que encontraron por fin trabajo y respeto. Por supuesto, para tratar de entender la naturaleza de mi profesión y la alambicada hostilidad argentina hacia ella, tuve que recurrir a cuanta enciclopedia, ensayo, conferencia sobre la ciencia y la cultura argentina tuve a la mano, y los encontré tan extraviados en un cándido analfabetismo científico, que los considero parte del problema. Uno no se sorprende de que los autores discrepen sobre el amor, la guerra, la economía; en cambio, resulta insólito constatar que los textos sobre la ciencia que ofrecemos en los colegios contribuyan a que luego sean analfabetos científicos nuestros mismísimos líderes políticos y culturales. Este misterio fue una de las dos razones que me movieron a cometer este ensayo; la otra es que el analfabetismo científico está causando una de las peores calamidades de la historia. Quisiera entonces que quede claro: 1. dado que mi propósito inicial no fue tanto entender la ciencia sino mis propias desventuras por haber escogido semejante profesión, no tuve pudor ni sentí culpa alguna en dejar de lado lo que ahora llamo con todo desparpajo La versión ortodoxa de la ciencia. 2. fui elaborando el concepto de “analfabetismo científico” a mi manera y para un solo destinatario: yo, como si jamás hubiera temido que llegaría el día que tuviera que justificarlo ante nadie. 3. si luego mis desarrollos trascendieron ese ámbito doméstico, fue por las invitaciones a presentar mis puntos de vista en conferencias, artículos y libros, de las que la presente conferencia constituye un ejemplo típico. La versión ortodoxa de la ciencia La versión ortodoxa no me ha servido para entender las desventuras argentinas con la ciencia ni las mías propias porque, hoy estoy convencido, es profundamente errónea, pero cuando aún la tomaba como verdad revelada, me sumía en confusiones y rabietas. Por empezar, la versión ortodoxa da por sentado que la ciencia es una aventura de la razón, comenzada hace unos tres milenios por babilonios, egipcios y griegos, siendo que la razón juega un papel comparativamente menor en la génesis y manejo del conocimiento científico. La razón recién entra en juego tardíamente, es decir, recién en el momento de analizar nuestras ideas, discutirlas con colegas, escribir artículos. Pero el actor central es en cambio el inconsciente, aunque todavía ignoremos cómo hace para generar nuevas ideas, de qué manera recuerda estos datos, olvida aquellos otro, cómo hace para combinar procesos metafóricos y metonímicos, hasta que de pronto genera el embrión de una hipótesis, una sinfonía, escultura, personaje literario, y entonces sí, nuestra razón y nuestra conciencia pueden comenzar a trabajar con dicho material. La versión ortodoxa es también creacionista, en tanto desconoce que para cuando aparecieron dichas culturas aquellos seres humanos ya venían dotados de un cerebro forjado a través de millones de años de evolución, y que tenía entre otras las siguientes propiedades: Sabía forjar en su mente modelos dinámicos de la realidad, con los cuales la hace funcionar en su propia cabeza y escoge las alternativas más promisorias para actuar en el mundo. Tenía una fabulosa memoria con estratos de distinto grado de accesibilidad, en la que sólo guardaba información significativa. En lugar de extenderme en explicaciones, aconsejo la lectura del cuento Funes el Memorioso, de Jorge Luis Borges, en donde el personaje Ireneo Funes carece de esta propiedad, no selecciona lo que habrá de recordar, sino que capta y recuerda todo independientemente de que se trate de información valiosa o trivialidades como las volutas del agua agitada por un remo o el número y posición de las hojas de los árboles de un bosque en una tarde de hace muchos años. Le ponía un día en recordar un día. Elocuentemente, Borges no hizo de Funes una persona inteligente. Miles de años antes de babilonios, egipcios y griegos el cerebro del Homo sapiens ya sabía cómo evitar llenarse de intrascendencias. Aquel cerebro también sabía generar un sentido temporal, con el que, además de construir modelos mentales dinámicos de la realidad presente, podía recordar e interpretar un pasado y predecir un futuro. Sabía generar lenguajes. Era creyente. Dado que la especie humana venía haciendo del conocer su herramienta para sobrevivir, otorgaba una clara ventaja de incorporar no solamente lo que cada individuo iba observando y aprendiendo, sino también lo visto y aprendido por toda la sociedad, incluyendo generaciones pretéritas. Yo, por ejemplo, no conocí a Tutankamón, César, Galileo, ni estuve presente en la Revolución Francesa, pero los tengo incorporados a mi patrimonio cognitivo gracias a que me lo transmitieron la crianza y la educación. Para el caso, tampoco inventé el castellano, sino que “se lo creí” a mis padres y pude así comunicarme con otros niños, que también se lo habían estado creyendo a sus progenitores y maestros. A decir verdad, casi todo ese patrimonio cognitivo está hecho de información creída y, en comparación, lo captado y aprendido directamente por uno mismo resulta insignificante. Para mí, seguir ignorando esos hechos sobre aquellos Homo sapiens babilónicos, egipcios y griegos de hace tres o cuatro milenios no son ya meras antiguallas, sino que arrastran prejuicios garrafales. Cabe disculpar a los padres de la ciencia, porque ellos sí fueron en verdad creacionistas, pues pertenecían a culturas que daban por sentado que el Universo había sido creado por Dios hace unos seis mil años, tal como lo leían en La Biblia y lo veían ahora con sus propios ojos. Así y todo, fueron aquellos padres de la ciencia quienes comenzaron a forjar una manera agnóstica de interpretar el Universo. En cambio, seguir manejándose con una versión creacionista del mundo en una cultura como la de hoy, que considera la realidad como un proceso que lleva no menos de 3 mil 700 millones de años evolucionando, es un despropósito que atrapa sobre todo a los jóvenes en concepciones oscurantistas. 1ª Parte de”Analfabetismo científico”, conferencia inaugural del VI Campus Euroamericano de Cooperación Cultural por el Dr. Marcelino Cereijido, el 24 de marzo de 2009 Publicado en La Crónica de Hoy miércoles 10 de febrero de 2010 |
El autor es Profesor titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.
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