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“Reinventando” el seguro de gastos médicos mayores PDF Imprimir
Escrito por Baltasar Mena   
Miércoles 02 de Diciembre de 2009 11:15

Los investigadores pertenecientes al SNI tenemos un seguro de gastos médicos mayores pactado por la directiva del sistema con AXA Seguros, cuyo lema es “reinventando los seguros”. A primera vista, el seguro es sumamente atractivo (cobertura hasta por tres millones de pesos), sobre todo para un investigador sexagenario como es el caso de un servidor. Desde luego, no es gratuito y nos cuesta por ahí del orden de 10 mil pesos anuales (nótese que al ser más de 10 mil investigadores, sin contar los dependientes, esta cantidad no es despreciable para la compañía aseguradora).

Ahora bien, durante 25 años he pagado el seguro y por suerte no lo había necesitado, pues siempre gozaba de excelente salud; era dinero bien empleado. Sin embargo, para mi mala fortuna, recientemente me diagnosticaron un cáncer de próstata el cual requirió la extirpación de dicho órgano. Obviamente, previa discusión familiar, recurrí a la ayuda de un cirujano de reconocido prestigio y la operación fue programada con una antelación de dos semanas aprovechando fechas en que el cirujano estaría en el país. Cautelosamente, el mismo galeno me aconsejó que averiguara el monto autorizado por el seguro para dicha intervención quirúrgica y así evitar sorpresas desagradables. Siguiendo sus indicaciones, solicité la información a la compañía aseguradora, la cual me informó que el tabulador correspondiente sólo podía ser revelado con el conocimiento previo del monto a cobrar por mi cirujano y su equipo. Me pareció un tanto absurda la petición de la aseguradora ya que el tabulador correspondiente debía ser independiente del cirujano en cuestión. No obstante, procedí a solicitar al cirujano que informara a la aseguradora sobre los detalles de la intervención, el número de personas participantes en ella y el costo total de la misma. Esto se hizo con 12 días de antelación a la cirugía programada. Sin embargo, el monto autorizado por el tabulador no me fue informado sino hasta un mes después de la intervención, pues en apariencia mi expediente pasó por un número desconocido de empleados de la aseguradora antes de ser analizado.

Después de una serie casi infinita de llamadas a la aseguradora con los consiguientes “un momentito”, “le devuelvo la llamada en unos minutos”, “la señorita Mendoza salió a comer” y otras joyas por el estilo, finalmente, casi dos meses después de la operación, se autorizó el esperado reembolso. El monto, como era de esperarse, resultó ridículamente inferior al cobrado por el cirujano y su equipo. De hecho, después del coaseguro correspondiente, resultó ser la tercera parte del costo de la cirugía. En total, incluyendo los gastos de hospitalización, consultas médicas y análisis de laboratorio, el seguro pagó un reembolso de menos de 40% del costo total. Además, para culminar detalles, el pago estipulado requirió mi presencia personal en la sucursal bancaria para el cobro de cada pago parcial; esto, desde luego, haciendo caso omiso de mi situación de recién operado. No es fácil desplazarse al banco tres días después de una prostatectomía radical; aun así, próstata en mano y bolsita recolectora de orina en la otra, me lancé al banco pues necesitaba el reembolso. No me atrevo a pensar lo que sucedería en caso del fallecimiento del asegurado; probablemente los gastos médicos serían pagados póstumamente en el seguro de vida.

Un tanto indignado y considerándome obligado hacia mis colegas investigadores, procedí a quejarme al SNI y a la aseguradora narrando mis peripecias; como siempre, se ofrecieron disculpas de todos tipos e inclusive me citaron para una entrevista con la responsable de la decisión del monto del reembolso. Esta última ofreció analizar detalladamente la operación de cinco horas de duración y me explicó que cada aseguradora tiene un grupo de médicos encargados de realizar las operaciones sujetas al costo del seguro (le dejo al lector como ejercicio pensar el tipo de matasanos que participan en el sistema). Obviamente, le expliqué a la galena en cuestión que una prostatectomía radical no era equivalente a una afinación o a un cambio de aceite o a un enderezamiento de salpicadera como en el caso de seguros de automóviles. Mi próstata, aunque cancerosa y defectuosa, no iba a ser manipulada por algún “doctor Simi” que trabajara para el seguro con objeto de ahorrarle a este último el pago de sus obligaciones.

Dos semanas más tarde, la compañía aseguradora ratificó el monto originalmente ofrecido de un tercio del total; es decir, el precio que cobraría el “doctor Simi”. Finalmente, casi dos meses después de la operación, fue autorizado el pago siempre y cuando me presentara personalmente a la ventanilla del banco para cobrarlo, a pesar de haber dado los detalles de mi banco para el depósito y después de haber firmado las formas correspondientes y entregado los documentos requeridos (comprobante de domicilio, credencial de elector, etcétera).

Para darle la puntilla al asunto, debo confesar que ni siquiera me sorprendió la renovación del convenio del SNI con la misma aseguradora, bajo los mismos términos pero, eso sí, a un costo mayor para cada investigador.

Por otro lado, debo informar a mis colegas de edad menor a la tercera, que existen compañías aseguradoras en el extranjero que ofrecen coberturas considerablemente más baratas que la ofrecida por AXA para el SNI, con cobertura internacional incluyendo a los dependientes menores de edad. De hecho, mi esposa y mis hijas gozan de una cobertura de ese tipo. Aconsejo por lo tanto, a mis colegas, que se aseguren con cualquiera de esas compañías y no con aseguradoras nacionales; o mejor aún, que procuren permanecer siempre sanos y no caer en situaciones en que precisen gastos médicos mayores. Yo, como miembro de la tercera edad, me temo que no puedo asegurarme con esas compañías y me tengo que acoger a convenios grupales; por lo tanto, seguiré siendo víctima de los abusos del sistema tercermundista reinante en nuestro país y en nuestras instituciones: sin jubilación digna, con fondos para proyectos de investigación cada día más escasos, con un Conacyt cada día más pobre y dañado (ya quisieran tener un edificio con el lujo y la categoría que tiene el de la compañía aseguradora en cuestión). En resumen, sería bueno que el Conacyt “reinventara” la ciencia y la tecnología o que el gobierno “reinventara” el Conacyt; o, mejor aún, reinventar el país de la misma manera en que AXA “reinventa” los seguros.

 

Baltasar MenaEl autor es Investigador del Instituto de Ingeniería de la UNAM y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República

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