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| La ciencia y la tecnología como una inversión |
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| Escrito por Francisco J. Sánchez-Sesma |
| Miércoles 09 de Mayo de 2007 03:56 |
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La ciencia y la tecnología como una inversión Cuando era un niño, mi querida maestra doña Dolores Mentado nos hablaba de México, y si algo me impresionó, fue que lo equiparó con un cuerno de la abundancia. Muchos años después escuché a don Fernando del Paso pronunciar un hermoso discurso. En sus palabras se dirigió a la patria, a la Suave Patria de López Velarde, y le dijo entrañablemente que “los veneros de petróleo que te dio el diablo, véndelos caro, pero no vendas tu alma…” a veces me parece que estamos haciendo todo lo contrario... Nuestra mayor riqueza, los recursos humanos capacitados, es escasa. Irónicamente, con más de cien millones de habitantes, nuestro sistema educativo languidece y multiplica sus deficiencias. Las grandes riquezas naturales del cuerno de la abundancia son al parecer nuestra perdición. Gabriel Quadri ha sugerido que la abundancia de recursos naturales llega a tener efectos negativos sobre el desarrollo. Esto es particularmente cierto si esos bienes son administrados con descuido, por decir lo menos. De todas maneras, los problemas se han acumulado en casi todos los órdenes y no acertamos a encontrar la solución. Estamos en permanente crisis y la salida no es evidente. Nuestra viabilidad como nación independiente está en duda. Tal vez esta visión no es compartida por todos. Pero los datos disponibles son alarmantes. Por una parte, nos percatamos de las enormes ventajas y retos que ofrece la globalización. Los avances de la ciencia y la tecnología permitirían brindar altos estándares de vida a los mexicanos. Al mismo tiempo, la terca realidad exhibe todos los días una sociedad mexicana crecientemente empobrecida y miserable. El país no crece como debiera; hemos descuidado áreas estratégicas de la educación, de la ciencia y la tecnología. Hace 25 años Corea, España y Brasil, entre otras naciones, tenían un desarrollo comparable al mexicano y han logrado mediante políticas adecuadas, con inversión significativa en su sistema educativo y otras reformas, niveles de crecimiento muy importantes. Probablemente las diferencias se puedan explicar si se estudia dónde se han invertido los productos de estas economías. Además, los mexicanos hemos perdido el control y la iniciativa en diferentes sectores. La banca es un ejemplo. ¿Qué nos ha pasado? ¿Por dónde empezar? La pregunta ha suscitado ríos de tinta y los diagnósticos de nuestra realidad son numerosos. Los poetas y los artistas adelantan explicaciones. Los políticos han perdido la brújula y pelean por puestos y financiamiento público (nos dicen que así se hace en otras latitudes y se copia sin considerar nuestra realidad. Como resultado, en México tenemos uno de los aparatos políticos más costosos del mundo). Los liderazgos son de pacotilla y ante la desigualdad y el desorden surgen tanto los distribuidores de mariguana y crack de Tepito, como los chinos de los 205 mdd de las Lomas. Nuestra sociedad está fragmentada, dividida. Las propuestas de solución cubren casi todas las posibilidades. Lo único claro es la parálisis. No estamos haciendo lo que se requiere. En materia de grandes proyectos, tal vez convenga examinar los ejemplos del pasado y algunos casos de éxito del presente. La idea de hacer una Ciudad Universitaria requirió de muchas voluntades unidas. El proyecto fue criticado, “será un elefante blanco”, un “lujo inaceptable” decían los detractores. El nivel de desarrollo del país era escaso; fue necesario impulsar la producción de tabiques refractarios que no se hacían en México y estimular la producción de otros suministros. En la Ciudad Universitaria se construyó el primer edificio con diseño sísmico, que fue proyectado por el joven ingeniero Carlos Escalante Portas. Predominaban los jóvenes: el director de obra fue Luis Enrique Bracamontes y en ella participaron, entre otros, Javier Barros Sierra y Daniel Ruiz Fernández, quienes ya formaban parte de los constructores del país. Si entonces, hace más de 50 años, quienes tomaron la decisión hubiesen titubeado como ahora ocurre, nunca se hubiera hecho Ciudad Universitaria. Y ¿qué decir de Lázaro Cárdenas? ¿Qué tal si se hubiese doblegado ante las presiones del exterior y no hubiese convocado a los profesionales y técnicos mexicanos a jornadas que podemos calificar de heroicas, pues hubo que desarrollar tecnología propia y generar suministros con muy escasos recursos? La explosión de la planta en la que se producía tetraetilo de plomo, que entonces se empleaba como antidetonante, ocasionó escasez y México estuvo a punto de no poder producir gasolina. Ante el bloqueo de los norteamericanos y británicos, los técnicos mexicanos (los que sobrevivieron a la explosión) y sus estudiantes lograron producir ese aditivo. Hoy, las fórmulas mexicanas de gasolina son magníficas pero no se produce lo suficiente en el país. Hoy debemos importar gasolinas y otros derivados. En los años setenta éramos los principales productores de amoniaco y etileno del mundo. Hoy, nuestra industria petrolera naufraga con lastres administrativos y con una carga impositiva irracional. Debería abrirse en serio el debate sobre las mejores prácticas de gestión de los recursos energéticos. Las experiencias de italianos, franceses, brasileños y noruegos nos podrían servir de punto de partida. El reto ya está planteado: requerimos construir unas tres veces la infraestructura de que disponemos hoy en día si queremos que todos los mexicanos alcancen niveles aceptables de vida. La palanca para lograrlo son la ciencia y la tecnología. La competitividad del país sólo puede mejorar a partir de una educación sólida basada en la ciencia. Los errores del pasado y el abandono a la educación deben revertirse, no hay tiempo que perder. La inversión en ciencia, tecnología e ingeniería es altamente rentable, no hay duda, y constituye un factor determinante del crecimiento y desarrollo de los países. No es un lujo que nos podamos dar para cuando seamos ricos, sino una urgente necesidad. Es muy grave que el presupuesto federal en la materia continúe sin crecimiento y que la iniciativa privada no invierta lo suficiente. Los daños pueden ser irreversibles. Urge detener esta tendencia perniciosa si no queremos descender aún más en los niveles de competitividad como país. En el presupuesto aprobado en diciembre del año pasado los rubros de ciencia y tecnología fueron ignorados de nuevo; en vez de acercarse al 1% del PIB (Producto Interno Bruto) que la ley señala, se insiste en reducciones que revelan que la ciencia y la tecnología ni siquiera asoman en la agenda legislativa (lamentablemente, ni los partidos ni el gobierno buscan apoyarse en la ciencia y la tecnología). Las severas reducciones en estas materias comprometen el futuro y nuestra soberanía. No hay recursos para los laboratorios (o si hay, la burocracia es asfixiante, que es lo mismo), las plazas en las universidades son insuficientes y además los salarios son tan bajos que las carreras científicas y técnicas son poco atractivas entre los jóvenes. La industria nacional compra tecnología en el exterior, a veces sin saber qué está comprando. Hoy en día hasta para comprar tecnología se requiere preparación. Urge revertir estas alarmantes tendencias. Publicado en el diario La Crónica de Hoy el 9 de mayo de 2007 |