| Más de la femme Recherche |
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| Escrito por Marcelino Cereijido |
| Miércoles 08 de Abril de 2009 09:00 |
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El analfabeta científico sigue creyendo que “la ciencia es una aventura de la razón”. Rara vez nos surge una idea original in toto, como un enunciado con sujeto, verbo y predicado gravable en bronce. Pero no tenemos idea de cómo hace nuestro inconsciente para combinar procesos metafóricos, metonímicos, desplazamientos, olvidos, énfasis, entusiasmos y generar nuevas ideas. A lo sumo brota media ocurrencia, acaso como chiste o burda analogía, y se vuelve a escurrir hacia el arcano nudo de víboras de las sensaciones olvidadas. Pero por ahí, frente al pizarrón atiborrado de ecuaciones a medio escribir, garabatos que representan enzimas, flechas desorientadas que sugieren procesos y cifras aproximadas; un investigador agrega su corazonada a nuestra proto-idea; un discípulo se confunde y con su error contribuye un nuevo toque, y así se va forjando la nueva idea. Por eso un investigador genial y otro mediocre no se diferencian en que el primero sabe manejar mejor un espectrómetro o está más al tanto de la bibliografía, sino en que mientras su inconsciente genera ideas originales, a su colega apenas se le ocurren trivialidades.
Recién en las últimas etapas de la labor de investigar podemos argumentar racionalmente, traer a colación teorías en boga, consultar datos bibliográficos, formular ecuaciones, diseñar experimentos, y por último escribir un artículo que presenta nuestro trabajo como si se hubiera tratado de un proceso exclusivamente racional, momento en el que las emociones, intuiciones, barruntos, temores que habíamos usado en la etapa creativa desaparecen como si hubieran carecido de importancia, al punto que el editor de la revista no nos permite siquiera mencionarlos. Ahora sí: la mujer. Por razones antropológicas asociadas a la bipedestación, la evolución de la hembra humana la ha llevado a dar a luz un bebé inmaduro (si se lo compara con un gorgojo o un pececillo) que, abandonado, moriría de hambre aunque se rodeara su cuna de alimentos. Necesita completar sus circuitos neuronales durante la crianza, dependiendo de que se le toque, se le cante, se le expliquen cosas aunque por el momento no las pueda entender, y se le “carguen” en el cerebro programas educativos (para usar un símil computacional), que le permitirán hablar en castellano, turco o guaraní, usar tenedor o palillos chinos. De lo contrario será sordomudo, abúlico, esquizoide, acaso idiota, su sistema inmunológico no se desarrollará y no lo defenderá de microorganismos que son casi inofensivos para un chico normal. La madre humana ha venido evolucionando y siendo seleccionada para entenderse con criaturas de meses, con quienes la comunicación racional todavía no es posible o ni siquiera tiene lenguaje oral. Más aún, la madre interpreta el contenido real de los mensajes infantiles, incluso cuando el niño manifieste algo completamente distinto. De pronto el bebé parece no tener más apetito, pero la madre interpreta que quiere ir a jugar con el perro, llama al animal, juegan un rato y “negocian” que el bebé continúe comiendo. Ambos mantienen largas “conversaciones”, acompañadas de caricias, cosquillas, canturreos, besos, chistes, carcajadas, acrobacias. Hoy la ciencia está demostrando que hay entre ellos sincronías de ritmos, intercambios de olores, sonidos, señales táctiles y sonrisas que se transmiten y procesan incluso mientras ambos duermen. Filmaciones a lo largo de toda una noche muestran una coreografía asombrosa, en la que el bebé llega a ubicar el pezón y mamar sin que ninguno de los dos despierte. La neurobiología está desentrañando el procesamiento cerebral de esas actividades, y todos conocemos el llanto y la vehemente protesta del bebé confinado a dormir en una habitación distinta de la materna, pues equivale a dejar nuestro teléfono móvil fuera de su base. Las investigadoras. A veces no resulta fácil colaborar entre colegas masculinos, pues no nos basta con alcanzar soluciones, cada uno quiere arribar primero. El autoritarismo es también miserablemente ineficiente, pues en un sistema autoritario sólo funciona un cerebro, el del jefe, en cambio en un sistema democrático trabajan acoplados en paralelo todos los cerebros disponibles como si se tratara de una red de computadoras. En este sentido, la ética machista ha resultado ser chapuceramente costosa, pues ha suprimido por milenios la mitad de los cerebros de toda la humanidad: el de las mujeres. Para poder crear ideas originales, nuestras proto-ideas tienen que armonizar y ser acoplables con los segmentos aportados por el resto del grupo. Los antiguos hablaban de “concordar” que, literalmente, significa “poner en sintonía los corazones”. Con la incorporación de la mujer la ciencia gana en fluidez y maneja con más versatilidad los contenidos inconscientes. Como en el caso del bebé, se rescata lo que alguien quiso decir aunque no haya logrado expresarlo taxativamente, pero contiene así y todo el germen de una idea fértil. Semanas después de que a uno le abollaron una propuesta, una colega nos puede detener en un pasillo con “Me quedé pensando en tu idea” (no se la apropia) y nos repara, o deshace inexorablemente nuestro error, pero con una gracia que no hiere, o ha encontrado en la bibliografía un hecho que cuaja con la hipótesis que veníamos forjando. Es menos propensa a los autoritarismos machistas y ayuda a disolverlos. Su voz no es un mero vehículo de áridos enunciados formales, pues tiene entonaciones y matices que, vaya a saber de qué manera, enhebran proto-razonamientos, ofertas de colaboraciones, llamados a la cordura. ¡Es capaz de argumentar con sonrisas! ¡Ese ser humano abusador! La evolución ha forjado un ser humano que hurga todos los espacios a su alcance en busca de novedades aprovechables. Ordeña cabras, cultiva plantas, cría aves, orada la tierra en busca de minerales, agua, carbón, petróleo, coloca arneses a caballos y los fustiga a latigazos para que trabajen para él, organiza peleas de gallos y perros para satisfacer su sadismo, arranca los ojos a canarios “para que canten mejor”. Luego extiende su abuso a sus propios congéneres, transformándolos en obreros, soldados, sirvientes, esclavos, prostitutas, niños a los que aprovecha laboral y sexualmente, les extirpa órganos para venderlos, asalta, estafa, mata por dinero, embota a sus compatriotas con alcohol, drogas, propagandas comerciales y trapacerías políticas. Una de las triquiñuelas humanas para hacer a sus congéneres más explotables es disminuirles su autoestima (insultos, vejaciones, reemplazos de nombres por números tatuados en las carnes) y, sobre todo, destruirles su herramienta humana por excelencia: su capacidad de conocer. Los griegos de Lacedemonia obligaban a sus esclavos ilotas a autodenigrarse, emborracharse, cometer bajezas. El Primer Mundo tomó a los africanos, que habían producido nada menos que al género humano (salimos del África ya convertidos en Homo sapiens) y que habían desarrollado la capacidad de generar lenguajes, y los degradó, explotó, vendió como mercancía y embotó en la ignorancia. A principios del siglo XX el muy católico rey Leopoldo II de Bélgica asesinó a sangre fría 35 millones de africanos del Congo mediante la contaminación con viruela, pero jamás es citado en las listas de genocidas de dicho siglo. El varón tiene un cuerpo muscularmente más poderoso que el de ella y ha recurrido regularmente a su fuerza bruta. Ya he mencionado que aprovechó de su autoridad para vedar el acceso de la mujer a la educación académica y a parlamentos incluso cuando se legislaba sobre ellas y las violó por segunda vez negándoles el derecho de disponer de su propio cuerpo. Pablo de Tarso en 1ª Corintios 14:34-35: “Como en todas las iglesias de los santos, vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación”. Aún hoy los arqueólogos y antropólogos siguen con su acendrada costumbre de atribuir todo adelanto civilizador exclusivamente al hombre, como si la evolución de la mujer no hubiera contado. Irónicamente, algunos sociólogos siguen “demostrando” la inferioridad mental de la mujer mediante la confección de listas de grandes sabios de la historia, o enumerando los premios Nobel obtenidos por investigadores y literatos, músicos, pintores y escultores del sexo masculino y comparándolos con los de las mujeres en épocas en que éstas no tenían acceso a la ciencia profesional ni a la expresión artística. El autor es Profesor Titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias, Cinvestav y Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República. 1 Para mayor amplitud de algunos de los temas de este texto, se puede consultar las obras, Cereijido, M. and Reinking, L. People Without Science. Vantage Press, New York, 2005; Rodney, W. How Europe Underdeveloped Africa. Bogle-L’Ouverture Publications, London, 1973; Adovasio, J.M., Soffer,O. and Page, J. The Invisible Sex. Harper-Collins, New York, 2007. También se refiere la célebre, “Como en todas las iglesias de los santos, vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación” (Pablo de Tarso en 1.ª Corintios 14:34-35) Publicado en el diario La Crónica de Hoy el miércoles 8 de abril de 2009. |
El autor es Profesor titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.
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