| Y la mujer... |
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| Escrito por Marcelino Cereijido |
| Miércoles 01 de Abril de 2009 09:00 |
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Con su famoso Cherchez la femme, Alejandro Dumas recomendó que para resolver ciertos intríngulis hay que buscar a la mujer implicada, y comenzar a caminar desde ahí hacia la verdad. En esto me uno al famoso escritor francés del siglo XVIII, quizá más reconocido por sus tres, que más bien cuatro, mosqueteros y sus 20 años después.
Regreso a la frase de cherchez la femme. Concuerdo y agrego que hoy se camina más fácilmente que en los días de Dumas, porque la interpretación científica de la realidad va derrumbando prejuicios que por milenios satanizaron y mantuvieron sojuzgada a la mujer (por ejemplo, la impureza de su menstruación, la ofensiva sacralización de su virginidad, su supuesta inferioridad intelectual, su impertinente aspiración a hablar en asambleas y votar). La ciencia va acabando con la patraña habitual de dificultar el acceso de la mujer a la educación, la vida cívica, académica y científica, y a la continuación de tomar esa desaparición que se le impone como “prueba” de que es incapaz de destacar en ellas. Hoy el progreso biológico y cognitivo del Homo sapiens me lleva a opinar en este artículo que la mujer no va en vías de “igualar” al hombre, sino de superarlo. Todo organismo sólo sobrevive si es capaz de interpretar correctamente su realidad Si una polilla no interpretara que esto es mármol y no madera estaría frita. Biológicamente hablando, importa poco si entiende que está interpretando; la conciencia es una recién llegada al escenario biológico; no tiene siquiera 50 mil años, “nada” comparado con los tres mil 500 millones de vida en el planeta. De manera que el origen de la vida en la Tierra, su exuberante diversidad y maneras de funcionar, son todos resultados de procesos inconscientes. Así como el pájaro ha perfeccionado su capacidad de volar, el cactus de retener agua, el elefante de valerse de su trompa, la evolución ha ido seleccionando, amplificando y perfeccionando la capacidad humana de interpretar la realidad tan eficazmente que puede post decir qué sucedió desde que el mundo es mundo (el Big Bang ocurrido hace 13 mil 700 millones de años) o predecir con toda exactitud que la Sonda Casini arrojada el 15 de octubre de 1997 estaría tomando fotos de los anillos de Saturno siete años después. De pronto, hace unos 50 mil años, el desarrollo de la conciencia le permitió al humano entender que estaba interpretando y, como sucede con todos nuestros atributos, también la manera de interpretar conscientemente la realidad fue evolucionando a través de diversos modelos mentales. Con el modelo animista sólo podía distinguir entre objetos inanimados y animales capaces de propulsarse por sí mismos. Luego, la capacidad de ordenar mentalmente la realidad fue permitiendo generar modelos politeístas, que atribuyeron todo lo relacionado con la agricultura a Ceres, los cielos a Urano, el mar a Poseidón. Más adelante el paso hacia los monoteísmos requirió de verdaderas hazañas intelectuales, pues hubo que inventar nada menos que la coherencia de Dios. A su vez, la coherencia de los modelos monoteístas resultó clave para el desarrollo sistemático de los modelos científicos que los sucedieron. Por último, como parte de esa evolución de maneras conscientes de interpretar la realidad, hace unos pocos siglos el Homo sapiens ha ido generando uno más reciente, la ciencia moderna, que consiste en interpretar la realidad sin invocar milagros, revelaciones, dogmas ni el principio de autoridad, con base en el cual algo es verdad o mentira dependiendo de quién lo diga: La Biblia, el papa, el padre, el director. La ciencia ortodoxa La ciencia moderna comenzó a ser elaborada por gente que, por supuesto, interpretaba la realidad con base en el modelo monoteísta imperante, y ahí andaban Linnaeus tratando de entender cómo habrán cabido tantas especies biológicas en el Arca de Noé, Lyell maravillándose de que, a pesar de que sus cálculos mostraban que el desarrollo de los estratos geológicos había tomado millones de años, Dios los había creado en seis días, y Darwin dando por sentado que esa deidad había dispuesto que su Universo se rigiera por las leyes de la naturaleza. Por aquel entonces se comenzó a sospechar que la ciencia es una “aventura de la razón” comenzada hace entre tres mil y cinco mil años con sumerios, egipcios y griegos. Sabemos que fue un desatino, pues para cuando florecieron aquellos pueblos el cerebro humano ya había evolucionado lo suficiente como para logar almacenar recuerdos en una memoria colosal, que todavía no comprendemos bien a bien de qué está hecha, dónde reside ni cómo recuerda y olvida. Aquel cerebro también ya era capaz de atesorar sonidos, sabores e imágenes del pasado, rostros, nombres, temores y dolores y, a pesar de que esas informaciones tan dispares no tienen mucho en común (el verde no suena, el dolor no huele y lo salado no tiene color), la mente ya era capaz de brindar una representación unificada de la realidad, podía transformar el tiempo real en tiempo mental (podía narrar su vida en media hora o usar esa misma media hora en explicar que un rayo había matado al administrador en milésimas de segundos), era capaz de generar lenguajes, predecir las trayectorias del Sol y ser empático con dolores y alegrías ajenas. La evolución también había ido seleccionando un Homo sapiens creyente, pues si nuestra especie estaba basando su sobrevivencia en la capacidad de conocer resultaba enormemente ventajoso incorporar no solamente el conocimiento obtenido directamente por un individuo, sino además el que había ido atesorando toda la humanidad, y que ahora le transmitían con base en la crianza y la docencia. Yo, por ejemplo, no inventé el castellano, pero se lo “creí” a mis padres y gracias a esa particularidad pude entenderme luego con el niño de enfrente. Tampoco conocí a Amenofis IV, Calígula, Tomás de Aquino, Galileo ni Benito Juárez, pero gracias a mi credulidad, crianza y educación los tengo incorporados a mi patrimonio cognitivo. Blaise Pascal opinaba que la sistematización y comunicabilidad del conocimiento científico es tan asombrosa que la ciencia se asemeja al cerebro de una sola persona que aprendiera continua e indefinidamente. El autor es Profesor Titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias, Cinvestav y Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República 1 Para mayor amplitud de algunos de los temas de este texto, se puede consultar las obras, Cereijido, M. Ciencia Sin Seso Locura Doble. Siglo XXI, México, 1994; Cereijido, M. Por Qué No Tenemos Ciencia. Siglo XXI, México, 1997; Blanck-Cereijido, F. y Cereijido, M. La Vida, el Tiempo y la Muerte. Fondo de Cultura Económica. México, 1988; Cereijido, M. y Blanck-Cereijido, F. La Muerte y Sus Ventajas. Fondo de Cultura Económica, México, 1997. Publicado en el diario La Crónica de Hoy el miércoles 1 de abril de 2009. |
El autor es Profesor titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.
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