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| ¿Ciencia rescatando religión? |
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| Escrito por Marcelino Cereijido |
| Miércoles 11 de Junio de 2008 07:48 |
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¿Ciencia rescatando religión? Por: Dr. Marcelino Cereijido Resumamos lo expuesto en entregas anteriores. Todos los organismos dependen de interpretar correctamente la realidad. Pero el ser humano ha hecho de este atributo su herramienta fundamental. Los pasos evolutivos para llegar a su manera actual de interpretar (ciencia moderna) incluyen el haber sido seleccionados como creyentes (casi todo lo que sabemos se lo fuimos creyendo a nuestros padres, maestros y a la sociedad entera) porque eso otorga una enorme ventaja en nuestra capacidad de sobrevivir. En otros pasos, las maneras de interpretar pasaron por etapas de animismo, politeísmo, monoteísmo. Una de las últimas, la manera científica, consiste en interpretar sin recurrir a milagros, revelaciones, dogmas ni el Principio de Autoridad. Si conocer es nuestro atributo fundamental, cuando ignoramos algo importante nos desespera. La muerte provoca entonces la mayor de todas las angustias, pues no sabemos qué habrá de sucedernos después. Pero ahí sale a relucir nuestra capacidad de creer: el papel fundamental de las religiones es calmarnos “convenciéndonos” no sólo de conocer nuestro destino post mortem, sino que tienen en su poder la clave de qué nos depara dios. La ciencia NO tiene dicha capacidad. A lo sumo le explicaría al humano: “Te vas a pudrir, te comerán los gusanos; quienes te aman y recuerdan también se habrán de ir muriendo”… y eso no consuela a nadie. La ciencia sabe que todo su conocimiento lo obtuvo alguien que pudo haberse equivocado, y que cada tanto surge algún genio que propone una interpretación más adecuada de las cosas ya conocidas. Por eso todo lo que afirma queda por siempre jamás abierto al cuestionamiento: va, limpia y recompone su patrimonio cognitivo. En cambio, las religiones parten de dogmas inamovibles que le ordenan al feligrés lo que debe interpretar. “Si la Santa Iglesia nos ordena ver negro algo que vemos blanco, debemos aceptar que es negro”, afirmaba Ignacio de Loyola. Por eso los modelos religiosos nos han ido acumulando demasiados errores, prejuicios, contradicciones insalvables, que fuerzan al feligrés a aceptar que el Universo fue creado hace 6,000 años, que la dignidad de la mujer está en su himen, que un país puede proscribir la tortura pero al mismo tiempo adorar a un dios que tortura a los pecadores en el Infierno por toda la eternidad. La aparición de la manera científica de interpretar la realidad deja sin sustento racional la literalidad de la Biblia, Adán y Eva, el Pecado Original, la Redención por Cristo. No sorprende entonces que las religiones condenen la ciencia y funden universidades que dictan preponderantemente materias orales donde forman administradores-analfabetos-científicos que son, después de las hogueras medievales, la manera más eficaz de interferir el desarrollo de la ciencia. En un desesperado intento por preservar sus misterios (que para las religiones son sagrados y para la ciencia meras ignorancias), los sacerdotes intentan regresar a las misas en un latín que la feligresía no entiende, a oficiar de espaldas a los fieles, a alarmarse ante el hecho de que abunden cada vez menos los jóvenes con vocación sacerdotal, y se necesite importar sacerdotes de África, o que en los países europeos los domingos por la mañana un sacerdote deba volar en su motocicleta de una iglesia a la otra para oficiar misa, porque el número de oficiantes es cada vez más reducido. Pero el hecho fundamental es que a lo largo de milenios las religiones fueron aprendiendo a conferir un sentido a la vida, consolar al ser humano ante el envejecimiento y la muerte, y por ahora la ciencia moderna no sabe cómo suplir esos papeles cruciales. Tenemos religión para rato. Dado este escenario, las ciencias deberían ayudar a las religiones a depurarse. No sería del todo insólito, puesto que lo hizo lo que hoy es Primer Mundo: enseñando a leer, a interpretar por sí mismo lo que se lee, a no seguir hundiéndose en la superstición y el politeísmo, a desechar santones y reliquias. Veamos unos cuantos temas en los que la ciencia moderna quizás podría ayudar: (1) Siendo la religión algo tan importante para la humanidad, es lamentable que la ciencia la estudie pero no la enseñe para que entre a formar parte de la cultura; a su vez, siendo la ciencia algo tan importante para la humanidad, sobre todo para los religiosos que, al decir de Bryan Medawar, la ven quitar todo sustento racional a sus creencias, uno se pregunta por qué los religiosos no la estudian con seriedad. Por el contrario, recurren a distorsiones y latiguillos muchos de los cuales describo en “La ignorancia debida” (Ediciones del Zorzal). Estas actitudes deben cambiar, pues hacen muy difícil que la ciencia ayude a sanear y rescatar a las religiones.(2) ¿Podría la ciencia ayudar a los sacerdotes a analizar cuándo y por qué sus religiones comenzaron a mostrarse tan preocupadas acerca de la vida sexual, y si sus normas tienen que ver luego con los escándalos sexuales y con la aplicación de ideas antiguas a las estructuras sociales de la actualidad?(3) ¿Podrían los científicos, a manera de divulgación, explicar que el hecho de que hace dos mil años Jesús haya tenido un cenáculo exclusivamente masculino no justifica que las instituciones religiosas actuales se sigan manejando mediante “cosas nostras” machistas que discriminan a la mujer?(4) En la medida en que progresan la medicina y la salud pública aumenta exageradamente el número ancianos confinados en asilos en pésimas condiciones físicas y psíquicas. Resulta muy difícil tratar de convencerlos que deben seguir sufriendo sus insoportables padecimientos para no ofender los sentimientos religiosos de terceros que, a su vez, entre sus principios y el dolor del anciano, opta por que éstos prosigan.(5) El temor a dios es un ingrediente central del judeocristianismo. Para que no lo olvidaran, los sacerdotes recuerdan a sus feligreses que, entre otras acciones hoy inadmisibles, su dios cometió el primer genocidio de la historia mediante el Diluvio Universal. Sus preceptos educativos aconsejan: “No ahorres corrección al niño, que no se va a morir porque le castigues con la vara”. Pero para la Biblia incluso amar a esa deidad es un mandamiento.(6) A pesar de que nuestras abuelas, madres y esposas no fueron ni son vírgenes, se sigue ponderando a deidades cuyo mérito —se aduce— consistió en no haber conocido varón, ofensa que seguimos asestando diariamente a las mujeres que amamos, y seguimos permitiendo que se eduque a nuestros niños con dichas premisas éticas.(7) Según los religiosos, la Virgen suele aparecerse a indiecitos descalzos y pastorcitas analfabetas, para pedirle a esa gente sin zapatos, vivienda ni comida que construyan un templo para adorarla. Pero el feligrés no entiende bien a bien por qué esa deidad no se aparece en cambio ante el Fondo Monetario Internacional, ante los cárteles de narcotraficantes, ante las cámaras de legisladores que se autoasignan sueldos muchas veces superiores a los de un minero o un maestro.(8) ¿Cómo desarrollar procesos educativos que respeten el derecho de los niños a que no se siga permitiendo que se les atiborre de temores apocalípticos, tabúes perniciosos, prejuicios que luego podrían engendrar discriminaciones, guerras y ciudadanos subdesarrollados?(9) Una de las cosas en las que la ciencia puede ayudar a los religiosos consiste en enseñarles de qué manera se remplazó el Principio de Autoridad por normas democráticas del “tener razón” entre ciudadanos iguales: argumentar, demostrar, refutar, apoyar, disuadir, convencer. Seguramente la civilidad se enterará que tomar fábricas, universidades, bloquear carreteras, organizar plantones de encuerados no son precisamente “demostraciones” ni tiene mucho que ver con las libertades democráticas.(10) Finalmente, a lo que iba: ¿podría la ciencia forjar una campaña para erradicar el analfabetismo científico? Esta hipotética campaña debería partir de que un analfabeta científico no lo es por maldad, sino por una imposibilidad de librarse del oscurantismo. Al analfabeta científico hay que consolarlo, ayudarlo, educarlo con el profundo respeto que se le tiene a un parasitado, a un canceroso, a un herido.En tanto que científicos, los filósofos, sociólogos, economistas no deberían abstenerse de esta campaña. El autor es Profesor titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República Publicado en el diario La Crónica de Hoy el 11 de junio de 2008. |
El autor es Profesor titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.
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