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Misterios y sensatez PDF Imprimir
Escrito por Marcelino Cereijido   
Miércoles 28 de Mayo de 2008 06:03

Misterios y sensatez

Por: Dr. Marcelino Cereijido

Puesto que las religiones y la ciencia discrepan en su manera de concebir la realidad, debería existir un diálogo franco e intenso entre ambos, semejante al que se produce cuando dos escuelas científicas tratan de ponerse de acuerdo. De hecho algunos científicos han propuesto un diálogo ciencia/religión (e.g. S.J. Gould). Sin embargo no parece factible, dado que el misterio constituye una de las nociones principales de la teología cristiana, es tomado como verdad (veritas abscondita) y no es compatible con el conocimiento racional (i.e. con la episteme de Platón y Aristóteles o la ciencia de los agnósticos). El misterio requiere ignorancia (la docta ignorantia de la Edad Media). De acuerdo con Tomás de Aquino, los misterios no pueden ser percibidos con los sentidos sino sólo con la fe apoyada en la autoridad de Dios. Puede uno argüir que las ideas medievales no son necesariamente válidas en nuestro tiempo. No obstante el 8 de diciembre de 1864, el papa Pío IX promulgó la encíclica Quanta Cura, con un Syllabus añadido, en la que condena cualquier intento de reconciliarse con el progreso derivado de la ciencia moderna. En fecha más reciente, el papa Paulo VI (1963-1978) declaró: “[La Iglesia] no puede tolerar que una persona atente a placer contra las normas que el Concilio Tridentino ha propuesto para la fe en el misterio de la eucaristía”. Quiere decir que los católicos romanos deben negar lo que ven y entienden a favor de lo que deberían ver y entender. Dicho en otras palabras, los católicos romanos no pueden ser verdaderos científicos, porque dada una “verdad” proclamada por la Iglesia, deberán aceptarla, así no puedan insertarla en el cuerpo de conocimientos científicos. Por eso, en diciembre de 1999, la American Geophysical Union denunció la enseñanza del creacionismo, e hizo un llamado a que los científicos se comprometan políticamente en un movimiento por promover la enseñanza del evolucionismo.

Lejos de propiciar dicho diálogo, los religiosos tienden a boicotearlo. Así, en 1994, las mujeres se reunieron en El Cairo en un congreso patrocinado por Naciones Unidas para discutir la igualdad, la violencia intrafamiliar, aborto, religión y derechos sexuales. Las intervenciones del Vaticano fueron tan agresivas que distrajeron la atención de esos temas importantes, en especial de las preguntas acerca de la manera en que el crecimiento rápido de la población causa el empobrecimiento de los estados más pobres entre los pobres. Un editorial de la revista Nature preguntaba si la Santa Sede se había convertido en una organización no gubernamental y, de ser así, si debería “registrarse simplemente como una ONG en reuniones futuras, un grupo de presión con estatuto de observadora, pero sin licencia para interrumpir” (sic).

Pero un cosa es limpiar nuestra concepción del mundo de antiguallas y falsas concepciones, y otra muy distinta desmerecer la enorme importancia que tuvieron las religiones en el desarrollo de la ciencia. Los científicos tomamos el conocimiento como un producto de una evolución: sin las concepciones religiosas del pasado hoy no tendríamos ciencia. Desconocer el papel de las religiones equivaldría a denostar a los padres de la química y de la alquimia porque creyeron en el origen divino de algunos elementos, el flogisto, etcétera.

Como el ser humano ha hecho del conocer su herramienta fundamental en la lucha por la vida, el creer que sabe lo calma. Se sosiega al convencerse de que los misterios son sagrados, que Dios los conoce y maneja, y que dado que el feligrés cumple los preceptos que le inculcó su cultura, dicha deidad está de su lado.

Aprovechando la fascinación de la gente ante el misterio, al punto de que las religiones lo consideran sagrado, los medios de comunicación masiva recurren a la “ignorancia aplicada” es decir, ruido y escoria cognitiva impuesta a drede para inutilizar el intelecto humano. Declaran impunemente que algo es un “misterio imposible de ser comprendido por la ciencia”, cuando es apenas algo que la ciencia todavía no ha logrado explicar. De hecho los religiosos jamás han logrado demostrar una sola de esas “imposibilidades” que le atribuyen a la ciencia. El negocio de venderle misterios al analfabeto científico es tan pingüe, que la industria de la ignorancia aplicada inventa falsos misterios que inyecta a cuestiones que, de hecho, están suficientemente aclaradas. Hace un par de años, un documental televisivo sobre la derrota que la Unión Soviética infligió a Alemania durante la Segunda Guerra Mundial (excelentes así y todo), la atribuyó a que “Las brujas que había convocado el Führer en su refugio veraniego de Berteschgaden, resultaron vencidas por fuerzas más poderosas que Stalin había heredado de Rasputin”. En diciembre de 1992, el sacerdote Xavier Escalada, que solía ofrecer lo que él llamaba “demostración científica del fenómeno guadalupano”, declaró: “La Virgen de Guadalupe está muy preocupada por los mexicanos que estamos creando”. Ninguno de mis doctos colegas osó preguntarle cómo lo sabía.

La vida de los pueblos depende en forma crucial del momento en que siembran, riegan, cosechan, cazan, migran los pájaros, llegan los cardúmenes, se reproducen los animales, nieva, llueve. Si sembraran en el momento erróneo morirían de hambre. Pero he aquí que estos momentos no caen anualmente en fechas exactas, por la sencilla razón de que la duración del año no coincide regularmente con ellas. Por eso los sacerdotes recurren a agregar o quitar días, por ejemplo la Pascua judía no cae siempre el 3 de abril ni la Navidad en domingo. Por eso es que así como los paleocristianos fueron quitando requerimientos que molestaban la conversión al cristianismo (ej. la circuncisión, prohibición de venerar imágenes), fueron reintroduciendo deidades paganas del panteón greco-romano, trastocadas ahora en vírgenes, santos y festividades cristianas.

Mucha gente que habita actualmente en pueblos remotos, no conoce siquiera el concepto de “religión” y hasta carece de una palabra especial para designarla. Una vez que se les explica este concepto y lo entienden, siguen declarando llanamente no ser religiosos. “¿Por qué entonces –podríamos insistir– se atan un listón rojo en la cabeza cuando se casan, bailan así o de otro modo?” “Precisamente, responderían, porque en eso consiste el casarse”. En cierto modo, preguntar a estas personas acerca de su religión, es como preguntarles si están escasos de molibdeno: simplemente no saben qué es el molibdeno, ni aún si padecieran gravemente su falta.

La capacidad de conocer mejora las chances de sobrevivir. De hecho, la historia de la humanidad muestra un continuo perfeccionamiento de nuestros modelos explicativos de la realidad. Por eso resulta curioso que la mitología de los diversos pueblos esté llena de ejemplos en los que el deseo de conocer y la curiosidad son castigados severamente: Eva condenó a todo el género humano por comer del Árbol de la Sabiduría. “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron”, amonestó Jesús a Tomás (Juan 20:29). Y así con Orfeo, Prometeo, Pandora, Irit (mujer de Lot). Esto señala una discrepancia fundamental entre la religión y la ciencia: en tanto que la primera recompensa la fe ciega, la segunda valora la duda y la indagación. Finalmente: si Dios deseaba que alguien supiera algo, ya se lo revelaría. En cambio si hoy un matemático no se esforzara en demostrar cierto teorema, sino que afirmara que es así porque se lo reveló San Fermat Obispo, seguramente perdería su chamba.

Un resumen de todo esto sería: los modelos religiosos de la realidad y el científico surgen en dos momentos. No antagonizan hoy sino que se suceden en el tiempo. En todo lo que ya puede ocuparse la ciencia, supera increíblemente a los religiosos. Piénsese en la capacidad de predecir: la ciencia envía un artefacto a Saturno, que tomará fotos de los anillos dentro de ocho años en un momento exacto, o su capacidad para imaginar lo que sucedió hace 13 mil 700 millones de años, tres minutos después de la Gran Explosión. Con todo, hay cosas que las religiones pueden y la ciencia no. Me refiero al conferir un sentido a la vida, otro a la muerte, confortar angustias ancestrales, etcétera. Esto no confiere a las religiones el derecho de bloquear el desarrollo de una cultura compatible con la ciencia.

El autor es Profesor Titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav y Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República

Publicado en el diario La Crónica de Hoy el 28 de mayo de 2008.

 

El autor es Profesor titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.

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