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Escrito por Marcelino Cereijido   
Viernes 23 de Mayo de 2008 09:09

Hoy el creacionismo genera miseria

Por: Dr. Marcelino Cereijido

Dije antes que la ignorancia sume al hombre en la angustia y la mayor de todas es la relacionada con su destino postmortem. Esa tremenda angustia nos es calmada por nuestra cultura cuando nos asegura que vendrá Anubis para llevar nuestra alma en una barca por el Nilo, o, si hemos sido piadosos, obedecimos los mandamientos y rezamos, iremos a parar al Paraíso o al Infierno. No hubo civilización sin religión, y el núcleo central de todas las religiones contiene como elemento fundamental “explicarnos” nuestro destino postmortem, con que logra mitigar nuestra desesperación.

En cambio la ciencia sólo se ocupa de las poquísimas cosas que va capacitándose para entender. Karl Popper opinaba que una pregunta sólo puede considerarse científica cuando se puede hacer algo por contestarla. Recién en nuestra generación —o sea, hace menos de treinta años— la ciencia comenzó a aprender sobre la apoptosis (muerte celular programada genéticamente), por qué las especies tienen una muerte asegurada en un plazo característico (un ratón vive 2 años, un elefante 50). De todas maneras es imposible quitarnos a golpe de razonamiento las nociones y hábitos que no hemos adquirido a través de la razón; sería como esperar curarnos del tabaquismo con sólo mostrarnos tablas médicas con sus consecuencias. Y al revés, no es imprescindible que la razón se esmere en cambiar a un organismo que fue construido y que funciona inconscientemente.

Con sus aseveraciones que asemejan razones, tañen cuerdas tradicionales y apelan a vehículos emocionales (inhalar incienso, ayunar, sumergir al feligrés en vibrantes y poderosas músicas, arquitecturas añejas, ropajes estrambóticos, actitudes hesicásticas), las religiones consiguen hacer algo por atenuar angustias. Las religiones aún no han sido superadas en mitigar ciertas angustias ancestrales, y por lo tanto siguen teniendo un papel insustituible en reconfortar al creyente.

Dicen que toda necesidad genera un mercado. Vivimos de las necesidades ajenas, ¿necesita que le curen?, surgirán médicos y toda una industria médico-farmacéutica. Necesidades o antojos, se constituyen en tareas, mercados, profesiones. Dado que todos tenemos angustia de pasaje, resulta comprensible que hayan surgido sacerdotes. Para forjar sus modelos e interpretaciones, los sacerdotes analizaban sueños, ponían vírgenes sobre trípodes bajo los cuales hervían yerbas aromáticas que esfumaban un tanto la censura de la razón de aquellas chicas, las ponía en trances de captar o imaginar otras variables. Luego el adivino apelaba a cuanta señal pudiera traer a colación para hallar claves e interpretaciones pues, literalmente, le iba la vida en ello.

Reuniendo lo racional, lo emocional, lo ético y lo estético, las religiones han ofrecido explicaciones plausibles del Universo, que incluyen por supuesto el origen y destino de los seres humanos. Al ofrecer los medios (plegarias, ofrendas, rituales) para tratar con los dioses, lograron calmar las ansiedades relacionadas con los pasajes críticos de la vida, incluyendo el matrimonio, el nacimiento, la entrada en batalla y la muerte. Dado que todos estos son asuntos humanos comunes y perennes, resulta obvio que, incluso en nuestro tiempo, esta humanidad creyente, no pueda por ahora vivir sin fe.

Las religiones han sido sometidas a una institucionalización progresiva que alcanzó su apogeo hace milenios. Más tarde, los gobiernos se fueron apartando en forma progresiva de la religión institucionalizada, a excepción del Islam que comprende una proporción muy grande de seres humanos y donde Estado y religión es una misma cosa. Los gobiernos que sí se apartaron de la religión institucionalizada lo hicieron quitándole poder, en numerosos casos eliminándola de las ceremonias oficiales y, en muy pocas otras, entrando en abierta hostilidad al punto que los ritos llegaron a adquirir un tinte subversivo. Salvo en este último caso, las religiones institucionalizadas se mantienen visibles en calidad de guardianes de las tradiciones, papel que refuerza su asociación con los círculos conservadores y que debe haber contribuido al estancamiento de sus estructuras. Las religiones institucionalizadas pasan momentos difíciles para eliminar a los místicos que brotan dentro de su misma grey, y a reformadores que informan a la jerarquía de los reclamos de los humildes, trabajadores, pensadores, mujeres. Los países nórdicos europeos que estaban territorialmente alejados del poder central, pudieron protestar, ganaron libertad para indagar, descreer y deshacerse de supuestas reliquias, que frecuentemente les habían dado los turcos a condición de que levantaran el cerco a sus ciudades sitiadas por ejércitos cristianos. La depuración de sus creencias les permitió progresar, y el resultado fue tan importante, que los transformaron en Primer Mundo.

El creacionismo concibe el universo creado por dioses que le dieron desde el principio su forma actual. Pero la ciencia entiende que el Universo y todo lo que contiene, incluyendo los seres humanos, resulta del desenvolvimiento de la energía y la materia procedente de (probablemente) un big bang que hizo surgir partículas, y después átomos, galaxias, planetas, vida, cultura e historiografía.

En el proceso de perfeccionar un modelo teórico tan poderoso, los evolucionistas se han visto necesitados de introducir cambios drásticos en las ideas tradicionales referentes a la edad del Universo, la forma de la Tierra y la naturaleza de los organismos vivientes, entre otras. Eliminaron de cuajo muchos de los principios centrales del judaísmo y el cristianismo, como la autoridad de la Biblia, la historia de la Creación, la expulsión del Paraíso de Adán y Eva y, en forma correlativa, la redención por Cristo, la influencia divina sobre el mundo, la creencia en una humanidad hecha a imagen y semejanza de Dios, la fundación de la moral sobre un orden divino, etc.

A los científicos no nos hace ninguna gracia que alguien venga a demoler nuestros esquemas conceptuales, el eje de nuestro trabajo a golpe de evidencias, razonamientos y demostraciones; a los religiosos tampoco les agradaba que los dioses del enemigo fueran más poderosos. A quien menos gracia le hacía era al sumo sacerdote que por regla general era sacrificado. La ciencia moderna, sin necesariamente proponérselo, fue destruyendo la base de razón y coherencia de los modelos explicativos religiosos. Los científicos explicaban mareas, oleajes, tormentas y corrientes, y Neptuno perdía su chamba. Una poderosa navaja de Ockham fue podando las deidades de los modelos explicativos de la realidad. Luego para la ciencia lo desconocido no tiene nada de sagrado: es ignorancia a secas. Tampoco esta perspectiva es muy promisoria para los sacerdotes. Einstein declaró que la propiedad del Universo que más lo fascinaba era su comprensibilidad, el hecho de que tarde o temprano, cuando algo se entiende pasa a hacer juego coherentemente con el patrimonio cognitivo de la ciencia, aunque muchos de los misterios (ignorancias) aparezcan por el momento como problemas duros de roer.

En nuestros días los neurobiólogos están tratando de descifrar la interfase mente/cerebro. Muchos de los fenómenos, trances, visiones de personajes místicos hoy están pasando a explicarse en términos de un exceso de GABA, una deficiencia en glutamato, una isquemia de cierta área del cerebro. Para colmo, si acaso la ciencia, toda su comunidad, de pronto descubre que tal concepto o demostración estaban fundados en un artefacto, un error, una suposición falsa, va y reforma de raíz sus ideas, pues en la ciencia no hay verdades (dogmas), todo lo que dice en un momento dado es lo mejor que puede decir al respecto; las así llamadas “verdades científicas” son “verdades provisorias”. En cambio a las religiones no les resulta fácil hacerlo, pues ellas sí admiten dogmas. Si un Premio Nobel declarara ser infalible, sería tomado como signo de que se le está arruinando la croqueta, en cambio un Papa puede declarar su infalibilidad con bombos y platillos.

Pero los sacerdotes, como los políticos, no escuchan razones: cuentan cabezas. Bacon habrá declarado que “El conocimiento es poder”, pero es como si un Ayatola, un Papa, un gran Rabino le replicaran “Sí don Francisco ¿pero ha advertido usted el poder que otorga la ignorancia? Compare usted el número de agnósticos con el de religiosos”. Pero en contra de lo que afirma el vulgo, la ciencia no se propone destruir la religión, sólo se interesa por lo que incorpora a su propio cuerpo de conocimientos. Hoy la ciencia no se lanza a refregarle por la nariz a un cardenal que le están salvando la vida gracias a una oportuna cirugía de próstata, a la remoción de un trombo de una coronaria, y que por lo tanto vive gracias al conocimiento logrado por anatomistas que acaso su institución una vez quemó en la pira.

El autor Profesor Titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias, Cinvestav y Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.

Publicado en el diario La Crónica de Hoy el 21 de mayo de 2008.

 

El autor es Profesor titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.

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