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Misterio y creencia PDF Imprimir
Escrito por Marcelino Cereijido   
Miércoles 14 de Mayo de 2008 07:20

Misterio y creencia

Por: Dr. Marcelino Cereijido

Todo organismo depende de interpretar la realidad en que vive. Si una polilla no interpretara que esto es mármol y no madera estaría frita. No importa si es consciente o no de dicha interpretación. Lo crucial para la polilla es interpretar correctamente la realidad. La conciencia es una recién llegada al Planeta. El fenómeno que llamamos “vida”, su origen, evolución, diversificación y funcionamiento, son procesos inconscientes en su casi totalidad. El cerebro sigue siendo un órgano para asuntos esencialmente domésticos: regular el metabolismo, la función del corazón, hígado, pulmones, genitales, de cuyas vicisitudes se mantiene informado gracias a hormonas, receptores y nervios cuyas operaciones íntimas no pasan por la conciencia.

Los “sentidos” que nos conectan con la realidad-de-ahí-afuera, sobre todo los conscientes (oír, tocar, ver, oler) son meras extensiones de los no conscientes, que cuando el nivel de hidratación, nutrición, temperatura, proximidad de un depredador sean advertidos, podamos, ahora sí conscientemente, optar por ir a beber, comer, ponernos debajo de un árbol, clamar por ayuda. Un bebé puede llegar a comer cal de las paredes si le falta calcio, pero la ciencia apenas está comenzando a atisbar cómo lo percibe y cómo sabe que la cal lo contiene. Tampoco sabemos cómo tendremos codificado en nuestro cerebro el nombre de nuestra maestra de primer grado, el sabor del chocolate, cómo sueña, cómo genera un sentido para manejar algo que llamamos “tiempo”. Los físicos aún no tienen la menor idea de qué es el tiempo, si es que acaso existe, o sólo es el nombre que le ponemos a una variable que podríamos llamar de otra manera.

Puesto que hemos evolucionado en cuerpo y mente a partir de mamíferos primitivos, los humanos reaccionamos en forma muy parecida a ratas y monos cuando sentimos disgusto, temor, compasión, atracciones sexuales, y estas sensaciones implican exactamente las mismas estructuras, núcleos y regiones cerebrales que dan forma a nuestras propias decisiones morales, de manera que éstas no reflejan únicamente nuestro entrenamiento cultural. Muchas guerras han sido motivadas en último término por el acceso a la sal y al agua potable. El hambre simple y terrible ha provocado rebeliones, motines de prisioneros, invasiones, y en ocasiones ha estrujado la moral a tal punto, que el ser humano ha llegado a comer carne de sus propios congéneres.

Comprendo que mi planteo podría confundir a una enorme mayoría de lectores que comparten la visión creacionista que suele inculcarnos la filosofía tradicional que reduce el conocimiento al saber consciente y razonado. Pero con sólo olerlo, sabemos perfectamente que este pastel está contaminado con gasolina, aunque seamos incapaces de explicar el olor a gasolina, y cuando nos duele la cabeza sólo podamos explicarlo con analogismos, “siento como si…”. No en balde cuando se llega a querer entender sentimientos místicos y perplejidades ante lo desconocido, las “explicaciones” naufraguen en la fe, y llevan a los religiosos a hacer afirmaciones tan osadas y pueriles como “la ciencia ni la tecnología podrán jamás entender tal o cual fenómeno”. Hoy dichas actitudes apenas nos provocan una sonrisa clemente, pues recordamos los tiempos en que osaban predecir: “El hombre jamás podrá volar; el corazón nunca podrá ser intervenido quirúrgicamente”.

Aunque los animales tengan elaboradísimos rituales, no sabemos que puedan calificarse así y todo como “mística” y “religión”, pero sí sabemos que tienen conductas y funciones mentales que el ser humano heredó y pudo haber ido modificando en su ruta hacia ellas, pues rara vez —si alguna— la evolución hace algo totalmente de novo. Hay monitos que “creen” (o lo que en ellos equivalga creer) que tienen un “personaje cuidador” y “proveedor de alimentos” al que acuden con premura en cuanto algo los asusta, así se trate de una muñeca de trapo con dos botones por ojos y una boca dibujada. Así como a fuerza de estudiar los cielos, los científicos acabaron con una suerte de historia natural de las estrellas (comienzan como nubes de gas, se contraen, inician reacciones atómicas en su interior, gastan su combustible, se condensan, revientan, las devora un agujero negro), con estas conductas animales, más lo que se aprende de la evolución de creencias ancestrales y religiones a través de milenios, los zoólogos, arqueólogos, antropólogos, historiadores y neuropsicólogos van dibujando una historia natural del misticismo y de las religiones.

Cuando la manera más avanzada de interpretar la realidad era la animista, el ser humano admitía que las cosas tienen alma. Un pájaro vuela porque está animado, en cambio una piedra es inanimada; si de pronto se lanzara a volar no podía menos que invocar un milagro, pues las religiones suelen sacralizar sus ignorancias. Luego extienden esa nomenclatura a hechos que no necesitan de milagro alguno pues, cuando decimos “La magia del cine”, nos estamos refiriendo a procesos tecnológicos que la ciencia entiende en todo detalle. En etapas posteriores, ya en pleno politeísmo, resultó preferible interpretar que las diversas esferas de la realidad están a cargo de un dios especialista. Advertimos que el politeísmo requiere cierta sistematización, y la mitología está plagada de reyertas entre deidades que invadían mutuamente sus reinos.

Más adelante, el paso a los monoteísmos requirió de una verdadera hazaña intelectual. En el politeísmo los dioses podían tener preferencias contrapuestas sin que ello entrañara contradicción alguna. A mi amigo le gustan los helados de fresa y yo los aborrezco; pero si una misma persona dijera que le encantan/odia los helados de fresa, resultaría incoherente. Por eso el paso al monoteísmo requirió inventar nada menos que “la coherencia de Dios”, y fue un peldaño colosal hacia la coherencia y sistematización del pensamiento científico.

Hace tres o cuatro siglos los padres de la ciencia moderna seguían invocando a Dios. El gran Carolus Linnaeus pasó sus últimos años tratando de imaginar cómo habrán cabido tantísimas especies en el Arca de Noé. En pleno siglo XIX, Darwin daba por sentado que, si bien la realidad se rige por las leyes, éstas habían sido promulgadas por Dios durante la Creación. Por el contrario, la interpretación de la realidad que hace la hoy ciencia moderna exige no recurrir a milagros, revelaciones, dogmas ni al principio de autoridad. No admite que un bioquímico proclame que el ciclo de los ácidos tricarboxílicos tiene ocho pasos: seis regidos por enzimas y dos por milagros. Curiosa situación entonces: dado que el fenómeno religioso es parte de la realidad, su estudio e interpretación constituyen campos válidos de la ciencia, pero puesto que las interpretaciones no pueden incluir milagros ni deidades, debe explicar misticismo, milagros y religiones sin recurrir a ellos.

Si el hombre estaba haciendo del conocimiento su herramienta específica de subsistencia, es claro que la ignorancia lo sumía en la angustia. Se sentía como un lobo súbitamente sin olfato. La mayor de todas y por lo tanto la que más lo angustiaba era por supuesto la relacionada con su destino postmortem. Aquí dejaré un momento esta angustia ante la muerte, para introducir primero otra de las curiosas relaciones del ser humano con el conocimiento, el que seamos profundamente creyentes.

Si el ser humano venía haciendo de su capacidad de conocer su herramienta fundamental, habrá constituido una transición gigantesca el paso del conocer no solamente lo que uno mismo había descubierto y probado, al valerse además de lo que habían aprendido todos los seres humanos presentes y de generaciones pretéritas. Yo no conocí a Amenofis IV (al 3º tampoco), ni presencié la Revolución Francesa, no inventé el idioma castellano, sin embargo se los creí a mis padres y maestros, y los tengo incorporados a mi patrimonio cognitivo. La capacidad de creer otorga ventajas, porque transforma a toda la humanidad en un descomunal embudo cognitivo, gracias al cual durante la crianza y la educación me transfieren todo lo que aprendieron infinidad de generaciones humanas de todos los pueblos. Blaise Pascal opinaba que la ciencia se comporta como un único cerebro que va incorporando lo aprendido por todas las mentes de la Tierra. Todos somos creyentes. La capacidad de creer y confiar en el Otro es muy anterior a las religiones, pues también los animales son creyentes: cuando se liberan en un bosque animales en peligro de extinción que habían sido criados y multiplicados en granjas, se constata que acaso no pueden sobrevivir porque nadie los instruyó para cazar, evitar depredadores, servirse de señales ambientales. Son organismos incultos que no tienen a quién creerle.

Publicado en el diario La Crónica de Hoy el 14 de mayo de 2008.

 

El autor es Profesor titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.

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