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| Sociedad del conocimiento |
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| Escrito por Lorenzo Martínez Gómez |
| Miércoles 12 de Marzo de 2008 09:41 |
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Sociedad del conocimiento Por: Lorenzo Martínez Gómez ¿Qué ha hecho usted este año? Así abrió la conversación el director con el distinguido investigador. Mi querido amigo investigador entendió la pregunta. El director no quería que le dijeran lo que ya sabía… que el investigador había impartido clases con excelencia, publicado artículos científicos y dirigido las tesis doctorales de varios estudiantes, y que aparecía citado miles de veces por sus pares en muchos países; en fin que era altamente reconocido. El director tenía en su escritorio una tarjeta de los recursos que había ingresado a la universidad para pagar sus investigaciones, las becas de sus alumnos, sus viajes dando conferencias por todo el mundo, y desde luego la tajada para la universidad. Es más, el director ya sabía que mi amigo era un muy notable H40. H es un engendro de la cienciometría, horrible para muchos, pero muy halagador para la elite. Para decirlo en palabras simples, H es una métrica con dificultad altamente creciente, de los artículos científicos de muy alto impacto del investigador. Mi amigo se limitó a relatar al director la evolución de aquella idea de las nanopartículas que habían probado tener propiedades antibióticas en medicina, y también de la otra idea sobre las propiedades catalíticas de otras nanopartículas muy prometedoras en la refinación de petróleo. Le comentó el nacimiento de dos empresas de base tecnológica establecidas alrededor de esas ideas, y que tenían entre sus primeros empleados a egresados del doctorado en esos temas. Las dos empresas se habían establecido en el gigantesco parque tecnológico de la universidad de más de 500 hectáreas. Lograron sus primeros financiamientos federales, y capital de riesgo. El director se mostró muy complacido con el par de ases del investigador, que sumó al acervo que llevaría a su reunión con el rector. No. La conversación no ocurrió en México. Ocurrió en 2007, en la Universidad de Texas en Austin. Como muchas en el mundo, Austin impulsa a sus investigadores a convertir sus descubrimientos en oportunidades económicas en beneficio de la región. Igual que las personas, las comunidades pueden desarrollar vocaciones. Algunas tienen vocación hacia las labores del campo, otras escogen la manufactura, otras deciden que lo suyo son servicios turísticos, otras le apuestan a la jugada y ponen casinos; todas las vocaciones son muy buenas mientras haya trabajo y ganancia. De manera creciente en las últimas décadas y con grandes éxitos, muchas regiones han escogido la vocación del conocimiento. Allí está California que dio luz al Valle del Silicio alrededor de la Universidad de Stanford en los setentas o “la ruta 128” en los alrededores de Harvard y MIT en Boston. Robert Reich, secretario del Trabajo en tiempos de Bill Clinton y distinguido economista, fue un gran impulsor de la idea de orientar la vocación de las comunidades americanas al conocimiento. Recomiendo su excelente libro The Work of Nations. En ese contexto Clinton adoptó entonces con mucho entusiasmo el concepto de “nanoestructuras” que le acuñó la sociedad de investigación de materiales en Estados Unidos (MRS por las siglas en inglés de Materials Research Society). Un nanómetro es el largo de la milésima de una millonésima de metro, y la capacidad de manipular y construir materiales o dispositivos en esa escala es la nanotecnología. Tuve la oportunidad, a principios de los noventa, de ser el “chairman” de Relaciones Exteriores de la MRS, y ser parte del cuerpo transmisor de la idea de la nanotecnología hacia el Congreso de Estados Unidos, que finalmente abrió una partida multimillonaria para este concepto que ha trascendido varios períodos de gobierno. Debo decir que la idea se vendió más o menos sola, y que nadie del Comité de Relaciones Exteriores, ni la mesa directiva de la MRS fueron tan eficaces en esta tarea como el golf con los diputados por parte del “lobbyist” de la MRS en Washington. La nanotecnología probó ser un pilar de la industria del conocimiento reciente, ejemplar en materia de creación de valor y empleo altamente especializado. La vocación de las sociedades hacia la economía del conocimiento debería ser un acto consciente de los órganos de gobierno, aunque no siempre ocurre así. En la economía del conocimiento ha operado mucho la iniciativa de las personas que irrumpieron para subvertir el orden económico establecido. En las últimas décadas hemos visto una revuelta económica mundial donde los antiguos poderosos de la industria automotriz y del petróleo perdieron grandes espacios arrebatados por las tecnologías de la información. Revuelta de nerds en jeans y playerita, macrobióticos, o vegetarianos. De las subversiones, las del conocimiento son las que han producido las revoluciones más justas socialmente hablando. La economía del conocimiento ha dado lugar a nuevos emporios altamente lucrativos con los mejores planes de carrera para los empleados, y con enormes derramas económicas en su periferia. Los investigadores pueden ser detonadores de muchos nichos para la sociedad del conocimiento en México. En el pasado reciente se gestaron varios polos de investigación distribuidos por todo el país, en contraste con las muchas décadas anteriores de alta concentración y crecimiento reducido de la actividad científica en la ciudad de México. Por mencionar algunos ejemplos destacados, en ciertos campos en Monterrey, Ensenada, Mérida, Puebla, Guadalajara, Guanajuato, San Luis Potosí, Chihuahua, Querétaro y Morelos se han asentado centros de investigación o laboratorios universitarios de notable actividad científica. La distribución dista de ser homogénea, ya que la máxima concentración de investigadores per cápita y por unidad de área está en Morelos, que en su reducido territorio tiene tantos investigadores nacionales como casi toda la franja fronteriza. El crecimiento y la dispersión del trabajo científico de las últimas décadas se fortalecieron muchísimo alrededor de varios instrumentos de política pública de México, siendo el más notorio el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) que le ha dado estabilidad y “protección” a los investigadores dondequiera que se localicen en el país. El SNI es un programa de gobierno que distingue a los llamados “investigadores nacionales”, dándoles categorías por su calidad y posicionamiento científico internacional, y mediante un algo más que un mero complemento salarial que les asegura un nivel de ingresos digno en la institución universitaria o de investigación donde deseen trabajar. La pinza se cierra porque los subsidios públicos a las universidades son muy favorecidos por el número y categoría de los investigadores nacionales en su nómina. El SNI surgió para fomentar la investigación básica. No que totalmente se ignoren, pero entre los procedimientos normales de la evaluación del SNI son, la vinculación entre el conocimiento producido y la creación de alguna nueva actividad económica alrededor del mismo, criterios mucho menos importantes que las publicaciones científicas y sus devengos cienciométricos. Creo que es el momento de evolucionar la política pública del SNI. Debería pasarse del “nada te lo prohíbe” al “me encantaría que lo hicieras”; fortalecer la producción de conocimiento de propiedad; y premiar el trabajo multidisciplinario para su conversión en actividad económica nueva. Por el lado de la sociedad, de manera muy notable se están dando iniciativas de gobiernos, universidades, o comunidades para crear espacios favorables a la creación económica basada en el conocimiento. Destaca el Parque de Investigación e Innovación Tecnológica de Nuevo León, que alberga ya grandes edificaciones donde convergen varias siglas muy relevantes de la investigación en México: Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), Centro de Investigación en Materiales Avanzados (CIMAV), Centro de Innovación Aplicada en Tecnologías Competitivas (CIATEC), Centro de Investigaciones Científicas y Estudios Superiores de Ensenada (CISESE), Universidad de Monterrey (UDEM), Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo (CIAD), las universidades de Carnegie Mellon y Arizona, y el gigante del software Infosys de India. El gobierno de Morelos dentro de su proyecto de desarrollo económico está ahora impulsando el Parque Tecnológico del ITESM al sur de Cuernavaca, y un Parque del Conocimiento de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) en la parte norte. Se espera que este mismo año arranquen ambos recintos. La comunidad científica de Morelos, la más grande del país después del DF, tiene importantes capacidades en los rubros de biotecnología, energía, materiales, tecnologías de la información, agua, ciencias sociales, entre otras. Hay entusiasmo entre los investigadores y hay excelentes ideas para crear dos fuertes nichos de la sociedad del conocimiento. ¡Enhorabuena! El autor es miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República e Investigador del Instituto de Ciencias Físicas de la UNAM. Publicado en el diario La Crónica de Hoy el 12 de marzo de 2008. |
Investigador del Instituto de Ciencias Físicas de la UNAM e integrante del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República
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