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La fecha de caducidad de un científico PDF Imprimir
Escrito por Baltasar Mena   
Miércoles 25 de Enero de 2012 09:58


 

El científico es un producto perecedero y, como tal, tiene fecha de caducidad. Claro que la mayoría de los científicos no se ha dado ni se dará cuenta jamás; esto es particularmente cierto en nuestro país, donde los científicos son inmortales por definición y por lo tanto deben seguir produciendo artículos y dando clases hasta el último suspiro (ver por ejemplo los reglamentos del SNI).


Así como se le pide al científico la fecha del título de doctorado, se le debería de pedir su fecha de caducidad; ésta puede ir estampada en algún lugar visible (en la frente o en un glúteo) o, por lo menos, en alguna credencial (la del IFE, por ejemplo). Obviamente, la fecha de caducidad no es exactamente determinable pero, por regla general, no debería exceder, en el mejor de los casos, los 35 años de vida útil.


En los países considerados de primer mundo la regla anterior es aplicable; sin embargo, en países como el nuestro no lo es.  Se piensa que un científico caducado no puede ocasionar daños, ya que su caducidad no es importante para la sociedad en general; pero no es así. Los científicos caducados que continúan en sus labores son más perjudiciales que un frasco de antibióticos cuya fecha en el empaque ha expirado. No se pide que los científicos caducados sean destruidos, sino simplemente retirados. Pueden participar en actividades en las cuales su experiencia sea benéfica, en cuerpos colegiados, en grupos de asesoría, es decir, en actividades propias de su edad; pueden, inclusive y si así lo desean, continuar contribuyendo a la ciencia pero de una manera altruista y voluntaria. De ninguna manera se debe exigir a un científico caducado que siga produciendo artículos o formando personal y, además, ser juzgado por ello.

 

Desgraciadamente, la mayoría de los científicos no reconocen su situación. Ellos mismos piensan que son inmortales y que no tienen fecha de caducidad; no sabrían qué hacer si se jubilaran… la vejez es dura... particularmente para un académico que no sabe hacer nada más con su vida que dedicarse a la misma tediosa actividad. La gran mayoría de los científicos son de naturaleza aburrida, de limitadas capacidades y con muy pocas posibilidades de cambiar de actividad.

En general no practican deportes, no tienen pasatiempos y no son capaces de reinventar su vida. Claro que lo anterior también aplica a muchas otras profesiones y, sobre todo, a quienes no han logrado la satisfacción de haber cumplido cabalmente con sus labores y por lo tanto se consideran incapaces de dedicarse a otras actividades. Lo cierto es que la vejez, en el caso de los académicos, es mucho más fácil de llevar que en otras profesiones, ya que al no exigirse su retiro, el sujeto puede continuar pensando que es útil e inclusive indispensable para la sociedad. Imaginemos por un momento que ése fuera el caso de un futbolista, un tenista o un deportista en general… sería patético; la vida útil de estas profesiones es corta y, en general, mejor remunerada. Sin embargo, pueden tener un cambio de actividades y convertirse en cronistas deportivos, en franquicias, abrir tiendas y otras actividades relacionadas con el deporte. Todo esto es cierto, desde luego, si el deportista ha gozado de algún éxito en su actividad, pues de no ser así se encontrará en una posición similar a la descrita para el académico; es decir, debió dedicarse a otra profesión desde el principio.


Un vivo ejemplo de lo anterior son los llamados “clubes de Toby” con sede en la sala de profesores de cualquier facultad de la UNAM; en dichos recintos, se reúnen diariamente una decena de profesores momificados, los cuales llevan una eternidad impartiendo los mismos cursos cada semestre, cada año, cada lustro, cada siglo. Para ellos, las materias que imparten no han cambiado ni tampoco los métodos de enseñanza de las mismas. Forman parte del mobiliario de la facultad, son inamovibles, eternos; se llaman profesores “definitivos”, pues son, literalmente, para siempre. Lo más grave del asunto es que no se dan cuenta de que impiden la contratación de nuevos profesores, mejor preparados, con ideas frescas y con una mayor vitalidad, cuya presencia sería infinitamente agradecida por los alumnos. Pero, ¿cómo deshacerse de estos fósiles? Un esquema tentativo fue utilizado por la Facultad de Ingeniería hace algunos años. Consistía en asignar a los profesores en cuestión, aulas localizadas en los pisos altos de edificios alternos; por ejemplo, una clase en el cuarto piso del edificio A y la segunda clase en el cuarto piso del edificio B. El sistema era con la esperanza de que el profesor en cuestión padeciera un síncope cardiaco en el proceso de subir por las escaleras; pero no fue así, ya que la sociedad de ex alumnos (formada por profesores de la misma edad de las presuntas víctimas) instaló sendos ascensores en ambos edificios anulando el éxito del esquema.

Alternativamente, el presente autor sugiere invitarlos al estadio de CU y ofrecerles una ceremonia con un discurso del rector y aplausos del público asistente; despedirlos entre fanfarreas con una gran ovación, dando una vuelta completa al estadio y saliendo por la puerta principal bajo juramento de no volver a dar clases jamás. Este sistema puede incluir a los científicos cuya fecha de caducidad haya vencido. Ceremonias similares pueden llevarse a cabo en cualquier institución de educación superior y para cualquier especialidad científica.

Para aquellos científicos que verdaderamente se depriman después de la ceremonia o que no sean capaces de encontrar una actividad alternativa a su profesión, se pueden organizar clubes donde jueguen al “bingo”, o clases de baile para personas de la tercera edad, clubes de costura, de apreciación musical, en fin, actividades y distracciones de infinita variedad; eso sí, todas fuera de las aulas universitarias y de los institutos de investigación.

Una última alternativa podría consistir en hacer pequeñas giras dando conferencias y seminarios de difusión o de orientación profesional, o dedicarse a impartir cursos de preparación de profesores de nivel bachillerato en las prepas, ceceaches o vocacionales, donde podrían hacer una labor invaluable y contribuir a la alfabetización de  dichos individuos. En resumen, el académico o el científico caducado tiene una infinidad de aplicaciones de utilidad en la sociedad y puede ser un individuo feliz y plenamente satisfecho, que puede durar una eternidad sin las presiones y sinsabores ocasionados por las evaluaciones y juicios por parte de comités absurdos. Sugiero que pensemos en ello.

 

*Baltasar Mena (fecha de caducidad: 06/05/2008)

Investigador Titular y Profesor

Instituto de Ingeniería y Facultad de Ingeniería

UNAM

 

Baltasar MenaEl autor es Investigador del Instituto de Ingeniería de la UNAM y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República

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