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| Bioética laica: la reacción conservadora |
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| Escrito por Juliana González |
| Miércoles 07 de Septiembre de 2011 09:08 |
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A la nueva comprensión biológica del ser humano que revisamos la semana anterior (como hombre natural, hombre genético, hombre neuronal), sobreviene –como era previsible– una fuerte reacción, en defensa de los fundamentos y los valores tradicionales, ante todo de sus bases y concepciones religiosas. Se ha dado así el surgimiento y la expansión de una bioética conservadora y confesional, la cual se funda, por un lado, en la idea de una verdad revelada y su moral inmutable, así como en los dogmas de fe y la autoridad eclesiástica. Esto da lugar, a su vez, a una comprensible -y lamentable- confrontación entre la bioética conservadora y los avances y cambios generados, día a día, por las ciencias de la vida y sus poderes biotecnológicos; oposición que se expresa ante todo en el afán de detener, prohibir o, al menos, postergar o dar moratorias a la investigación y al progreso del conocimiento científico. Se origina, por tanto, el enfrentamiento entre “bioética” y “ciencia”, que se expande en varias latitudes, reavivando el fantasma del oscurantismo y la lucha entre ciencia y religión. Paralelamente, sin embargo, se despliegan también las concepciones estrictamente laicas de la bioética filosófica, que buscan salvaguardar principios, normas y valores éticos, desde una perspectiva racional y a la vez empírica, autónoma y realista, conciliada con los grandes hallazgos de las ciencias de la vida y sus posibilidades biotecnológicas. Destacan en este sentido dos principales trayectorias filosóficas de la bioética laica; una, que ha sido decisiva para la consolidación de la bioética en su esencial laicidad, y que discurre por los caminos de la ética liberal, así como del utilitarismo, el pragmatismo, la analítica, principalmente (cercana a la tradición filosófica anglosajona, aunque también a algunos desarrollos de la posmodernidad). Otra, la vertiente laica de la bioética, que discurre más bien por los caminos de la fenomenología y la dialéctica, de la ontología existencial, del vitalismo, la teoría crítica y hermenéutica, el humanismo filosófico, principalmente, recorridos ante todo en la tradición europea (“continental”). Lo más significativo es que el signo de laicidad que define a las distintas búsquedas de la bioética laica es que todas ellas responden al gran giro histórico hacia la inmanencia, hacia la naturaleza y la realidad espacio-temporal, hacia la autonomía de lo humano y lo vital, respecto a la metafísica tradicional, sus dualismos y su trascendencia. Giro que se viene dando ya desde el Renacimiento, y se acentúa de manera radical en el siglo XX y esta primera década del XXI. Pero, además, si algo caracteriza el nacimiento de la filosofía como tal, y en especial el de la ética, en la Grecia Clásica es justamente el giro o viraje hacia la Naturaleza (“la physis” de la Physis), incluso hacia la interioridad del hombre, que representa el modelo de Sócrates. El “estar despiertos” ante “este mundo, uno y el mismo para todos” –del que habla Heráclito–. Es oportuno recordar hoy que en su origen histórico la ética es incomprensible sin su inherente laicidad, que quiere decir su autonomía y autarquía, sin reconocer en el hombre mismo, en su conciencia y su razón, el origen y fundamento del valor, esto es, del bien y el mal, de la justicia y la injusticia, así como del sentido mismo de la vida humana. Las fuentes de la ética no están en el ámbito de los dioses, sino en el interior psíquico de los seres humanos. Y éste es ciertamente el “humanismo” en su sentido primigenio y radical. Es verdad que después de Sócrates, no por razones religiosas, sino, paradójicamente, por “razones de la razón”, es la propia filosofía la que genera la concepción dualista, principalmente en Platón; misma que Aristóteles, a pesar de sus esfuerzos por recuperar la unidad, consolida con la división entre substancia y accidente, y con el desenlace onto-teo-lógico de su metafísica. Concepción que, en los siglos posteriores, se habrá de fusionar, durante el Medioevo, con la tradición religiosa judeocristiana. Y es, precisamente, esta amalgama de metafísica y religión la que, con todos los avatares de la modernidad occidental, y con sus propias adaptaciones, habrá de pervivir hasta el presente. Y es justamente tal fusión la que, en la actualidad, se encuentra históricamente amenazada por las revolucionarias verdades de las ciencias, aunadas a las decisivas críticas y renovaciones de la filosofía (algunas expresamente anti-metafísica), desde Kant. Pues en realidad, ese decisivo vuelco histórico que va de lo trascendente a lo inmanente, del “gancho” celestial del misterio y el milagro, a la “grúa” que escava en la sólida masa de la materia y la “naturaleza” –según la imagen metafórica de Dennet–, ese giro revolucionario que “invierte la tabla de valores” en términos de Nietzsche, se produce en todos los ámbitos de la historia moderna y contemporánea. También en la filosofía y en las ciencias humanas y sociales, en la política, obviamente, y en todas las artes y, en general, en toda la cultura de nuestros siglos. Y es en este contexto donde, tratándose del orden político en particular, donde se produce, junto con el progreso hacia la democracia, la separación de las Iglesias y el Estado fundándose el valor irrenunciable de la laicidad, la cual no es sino otra modalidad de ese movimiento histórico hacia la inmanencia, hacia “la Tierra”. Dentro de este amplio marco histórico-cultural surge por lo tanto la necesidad de una Bioética laica, acorde con los tiempos, basada en una ética rigurosamente filosófica, racional, objetiva, plural, democrática, que incorpore críticamente los nuevos conocimientos y capacidades de las bio-ciencias y las bio-tecnologías, sin partir de supuestos teológicos ni religiosos en general. Es cierto que también es preciso admitir que laicidad no significa anti-religión; si acaso, simplemente indica no-religión, en el sentido de independencia de todo credo y de todo dogma, así como de toda apelación a una realidad trascendente, inmaterial e intemporal. Y el laicismo no es anti-religión por el hecho fundamental e incontrovertible de que la fe no se discute. No cabe dis-cusión, ni dis-crepancia entre la “razón” y la “revelación”, entre la búsqueda científica de verdades relativas y perfectibles y la posesión de la verdad absoluta. La discusión, el debate de ideas, los disensos, sólo son posibles en el lenguaje de los hechos y las razones, de la argumentación y comprobación, de las propuestas objetivas, comunicables y razonadas, siempre abiertas y corregibles, de las experiencias comunes, siempre susceptibles de ser objetadas o mejoradas. Sólo en estos términos cabe el diálogo crítico, incluso con las bioéticas conservadoras, siempre y cuando él se dé en el orden de la razón y de la apertura dialógica, de la voluntad de escucha, de búsqueda y duda, y no en la seguridad de los dogmas. Y esto sólo es posible si se disgregan o separan los elementos religiosos que son objeto de fe, y los contenidos “profanos” y filosóficos, objeto de razón, que suelen estar fundidos (y confundidos) en los desarrollos de la metafísica tradicional y, actualmente y de la bioética confesional. O sea, si se reconoce que en ésta hay una vertiente axiológica y humanística cuya validez es inmanente y en este sentido implícitamente también laica, y susceptible de diálogo.
*Profesora Emérita de la UNAM. |
La autora es profesora emérita de la Universidad Nacional Autónoma de México e integrante del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República
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