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Contando cabezas (pero sin reparar en qué piensan) PDF Imprimir
Escrito por Marcelino Cereijido   
Miércoles 06 de Julio de 2011 13:46

El número de artículos científicos que publica nuestra comunidad en revistas de la máxima jerarquía internacional demuestra que México forma parte del selecto grupo de países que han logrado desarrollar una investigación de calidad. A pesar de ello, sigue rigiéndose por modelos pre-científicos (anti-científicos), que le impiden  desarrollar una cultura compatible con la ciencia. Contrario a lo que suele pensarse, el desarrollo de una cultura compatible con la ciencia depende muy poco del aporte económico, pero mucho de la inteligencia, ética y lucidez mental, pues requiere terminar con prácticas cavernarias. Para ilustrarlo, hoy resaltaré nuestro uso del ominoso Principio de Autoridad, con base en el cual algo es verdad o mentira dependiendo de quién lo dice: la Biblia, el papa, el rey, el poderoso.

Como necesito que el principio y su aplicación queden meridianamente claros, recurriré a un par de ejemplos que todos recordamos. Hace pocos años Guillermo Schulemburg, por entonces abad de la Basílica de Guadalupe, declaró que no hay evidencia del fenómeno guadalupano. Ante la conmoción causada, el Vaticano anunció que investigaría el asunto, pero en menos de una semana ¡investigaron a Schulemburg! Y en cuanto encontraron cierto procedimiento incorrecto  en el manejo económico, consideraron que carecía de autoridad para objetar el fenómeno guadalupano. El segundo ejemplo en que el des-autorizar a alguien se toma como equivalente a refutar sus  razones, se relaciona con el doctor Juan Ramón de la Fuente. Cuando era secretario de Salud Pública consideró necesario promover el uso del condón. Ciertos sectores de convicciones religiosas intentaron rebatirlo. Pero no lo hicieron argumentando “a la científica”, es decir, analizando  las ventajas/desventajas de usar  condón, sino argumentando ad hominem (analizando ¡a De la Fuente! no al uso del condón),  y denunciando el planteo como mera engañifa para ocultar entuertos estatales. Ahora sí, pasemos a la gravedad de que un país del tamaño y complejidad de México siga obnubilado por el  Principio de Autoridad.

Hace un par de meses, la doctora Esther Orozco, rectora de la UACM, declaró que a lo largo de 9 años dicha institución había estando manejando unos diez mil alumnos de los cuales graduó menos de medio centenar, operación que costó al contribuyente unos 5,000 millones de pesos. Paradójicamente, a pesar de ser un asunto gravísimo y tratarse de una institución de nivel universitario, su cuerpo directivo no se abocó a interpretar “a la científica” la realidad/fantasía del diagnóstico; por el contrario comenzó a intentar destituir a su rectora.

Admiro a la doctora Orozco porque no abundan por estos rumbos funcionarios de su calibre científico. Ahí tenemos su premio “Louis Pasteur” que le otorgaron la Unesco y el Instituto Louis Pasteur de Francia, un instituto que ¡lo que son las cosas! en más de un siglo de existencia jamás ha defenestrado un director para acallar sus señalamientos, ni fallado en formar uno solo estudiante de los que le han enviado 40 países que son la flor-y-nata de la ciencia internacional. Pero también la admiro porque en medio de nuestra desconcertante tiniebla institucional y funcionarios que parecen personajes salidos de El Hombre Que Fue Jueves de Chesterton, la rectora Orozco tiene las parótidas y el cerebro necesarios para ponerse de pie ante diez mil universitarios felices, y señalar lo que considera que debe ser corregido. Sin embargo, dejaría de lado mi admiración, y también me tragaría mis fervientes deseos de que se llegue a demostrar que está profundamente equivocada, al dolor de llegar a constatar que su diagnóstico es correcto, y que por años se han venido malogrando el esfuerzo y las esperanzas de miles de jóvenes y de sus familias, así como dilapidado el dinero aportado por los contribuyentes (al que se sumará un nuevo gasto cuando los 10,000 felices no puedan soportar tanta dicha y comiencen a exigir que el Estado que se comprometió a formarlos y otorgarles un título los repare!). Definitivamente, anhelo que la doctora Orozco esté equivocada.

Adviértase que, así como no me inmiscuí en la naturaleza del fenómeno guadalupano ni en la conveniencia/desatino de usar condón, tampoco estoy argumentando respecto del acierto/chapucería en el manejo institucional de la UACM. Estoy más, muchísimo más preocupado por nuestra capacidad de argumentar, incluso ¡en ámbitos universitarios! Mientras siga viva entre nosotros una antigualla oscurantista como el Principio de Autoridad, seguiremos en la lona.

Del murmurar ominoso a la cándida pregunta

Cuando mostré el borrador de lo que antecede a un par de amigos, lo desahuciaron murmurando: “Los políticos no analizan razones: cuentan cabezas”. Y horas después, me encontré cavilando “¿Así que los políticos no razonan, sino que cuentan cabezas? ¿Las de quiénes?” La gente está harta de tener que tragarse a diario dosis pantagruélicas de injusticia impune, de chicanas con las indemnizaciones a familias de mineros muertos en cumplimiento de sus tareas, de tragedias en guarderías, de fosas de masacrados que galvanizan a la sociedad, pero cuya indignación acaba disipándose en marchas que profieren los comprensibles pero inoperantes “¡nunca más!”.

Y seguí preguntándome: dada esa creciente multitud de gente dolorosamente hastiada ¿cuál sería el destino en las urnas  de alguien que en medio de la desesperanza y el hartazgo, de pronto convenza a ese electorado de que él/ella  intenta resolver los problemas recurriendo a algo tan insólito en nuestro medio como el interpretarlos “a la científica”, esto es, sin invocar milagros, revelaciones, dogmas ni al Principio de Autoridad? ¿Qué tal si llega a convencer al electorado que, después de todo, en una universidad sí importa aprovechar los dineros públicos para enseñar, estudiar y satisfacer controles de calidad? ¿Todas esas cabezas van a contar como “una”? Francamente no  lo sé, habría que ver, escuchar y analizar (“a la científica”).

Temo que lo escueto de este artículo no permita vislumbrar de dónde saco estas consideraciones. Si eso atascara a algún lector, le recomiendo mi libro La Ciencia Como Calamidad, (Gedisa,  2009).

 

El autor es Profesor titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.

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