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| Más de analfabetismo científico |
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| Escrito por Marcelino Cereijido |
| Miércoles 15 de Agosto de 2007 05:52 |
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Más de analfabetismo científico ¡Viva la Dra. Ma. Cristina Revilla Monsalve! En mi artículo anterior (Crónica junio 20, 2007) me quejé amargamente porque el analfabetismo científico (AC) está destruyendo el esbozo de ciencia que la comunidad mexicana venía empeñándose en forjar. En el presente iba a sugerir cosas a nuestro alcance para compensarlo y referirme al secreto encanto de investigar en México. Pero debo diferirlas para ocuparme de comentarios epistolares a mi artículo anterior, pues trasuntan un deseo de saludable debate. Con todo, para que esta nota resulte comprensible per se, debo repetir en un párrafo algunos criterios personales que esbocé en el anterior. En primer lugar, los países del Primer Mundo tienen ciencia, los del Tercero no, tienen AC y por eso nos va como en feria. Pero el AC conlleva problemas adicionales, pues tampoco sabe qué es (la confunde con investigación) y ni siquiera sabría qué hacer con ella si la tuviera. Peor todavía, pues el AC cree saber qué es la ciencia, y se lanza a administrarla. En segundo lugar, para mí, “científico” es quien interpreta la realidad sin recurrir a milagros, dogmas ni al principio de autoridad; en cambio “investigador” es quien toma una porción del caos de lo ignorado, lo estudia y lo incorpora al patrimonio de conocimiento para interpretar la realidad. “Cereijido, deberías haber discutido que el CCC (Consejo Consultivo de Ciencias) está lleno de vacas sagradas”. Mi artículo fue sobre el AC, y no me resulta obvio qué pitos tienen que ver las vacas sagradas, aún en el caso de que las haya. Cabe recordar que la antigua sociedad griega estaba organizada en rígidos niveles jerárquicos en cuyo tope gobernaba un autoritario Arkonte. Quien pertenecía a un estrato dado obedecía al de arriba y era obedecido por el de abajo, con normas que no necesitaban ser fundamentadas ni discutidas. Cuando el sistema se derrumbó, cobraron importancia las ciudades, y los griegos, llamados de ahí en más “ciudadanos”, enfrentaron el reto de tener que gobernarse entre iguales. Inventaron maneras de argumentar, demostrar, refutar, disuadir, que dieron origen a la democracia, la filosofía y los pródromos de la ciencia. Ahora bien, éstos no son atributos naturales, no surgen como los cabellos y las uñas, son artificiales y dependen de que se eduque al ciudadano. Hoy nuestra sociedad apela a bloquear caminos, tomar instalaciones, hacer huelga de hambre. Curiosamente, a estos recursos argumentales se les llama “demostraciones”. Nuestra comunidad de investigadores no tiene suficiente peso como para “demostrar” así, pero no por eso recurramos a la incongruencia. “Es que Conacyt necesita programar sus gastos”. Yo me quejé de que el AC exige que nuestra solicitud de donativo estipule qué vamos a estar haciendo en el segundo cuatrimestre del tercer año pues, si hay una tarea creativa, esa es la investigación. Propuse que si un investigador viene siendo prolífico a lo largo de veinte años, se le otorguen fondos extrapolando lo que viene gastando en los últimos cinco años, y se le permita rendir cuentas (científicas y contables) a posteriori. Es decir, que tengamos para las instituciones científicas la misma respetabilidad que tenemos para una entidad de crédito que nos otorga una tarjeta para comprar camisas o cañas de pescar. “El científico debe asimilar un imprescindible rigor empresarial para realizar sus proyectos”. El Ac sigue exigiéndole a un muchacho que cumpla con los plazos de su doctorado. Pero nuestros servicios de apoyo no son “orientados por un propósito”. Por ejemplo, los cortes de energía arruinan miles de dólares en enzimas y cultivos de células que a veces son únicas, pues las hemos transfectado y clonado tras años de costosa ingeniería molecular. Por eso se optó por comprar plantas generadoras de emergencia. Pero luego duermen embaladas porque su instalación requiere una nueva solicitud. “Compras” ya cumplió, la instalación corre a cargo de “Talleres”, y hay que esperar turno, momento en que se descubrirá que ya no hay fondos. Además, el sacrosanto día en que se ponga a funcionar, el equipo puede fallar, pero la garantía expiró luengos tiempos ha. No puedo imaginar que los empresarios se manejen así. “La evaluación ha sido un logro importante que acabó con la antigua digitación autoritaria ¡No debemos volver atrás!”. De acuerdo. Yo me había quejado de que, por exigir una producción regular en función del tiempo, característica que no ha tenido la trayectoria de ningún sabio de la historia —Galileo, Newton, Einstein o Feynman— se está impidiendo que los investigadores se lancen a proyectos profundos y osados, pues podrían no redundar en publicaciones a corto plazo, y se concentren en trivialidades predictibles. La experiencia muestra que nuestra forma actual de evaluar está sacrificando la calidad. He propuesto una forma de evaluar alternativa, pero como esas cosas no se discuten en el ámbito científico, sino en el administrativo, mi proposición ha naufragado. “Cereijido, te estás repitiendo”. En cierta reunión política que tuvo lugar en la Argentina de los años 70’ para hacer algo contra la pobreza, un intelectual nos refutó airadamente “¡Eso ya ha sido dicho! Lean ‘Los Miserables’ de Víctor Hugo”. Aparentemente, el que los intelectuales hayan tocado el punto en el Siglo 19, ha resuelto el problema, y chau: no hay más pobres. Esta engañifa funciona así: (1) que algo se diga con todas sus letras, porque quedará como antecedente de que “ya lo hemos señalado”. (2) Pero con una vez basta, no sea cosa que llegue alguien, quiera remediarlo y perturbe el status quo. (3) Las comunidades científicas del Tercer Mundo están tan habituadas a que el AC no tome en cuenta sus opiniones, que con decir algo una vez, basta. “No satanicemos a nuestros administradores”. ¡Claro que no! Cuando vamos a verlos personalmente a sus oficinas, acabamos llorando abrazados, atrapados en lo que ellos llaman “normatividad”, concepto que ni en chiste podría debatir en este artículo. Los periódicos dedican 80% de sus artículos a gobernadores que compraron una propiedad a la semana; chinos que se esfuman en cuanto se les pregunta sobre el origen y destino de cientos de millones de dólares al contado. Pero en medio de situación tan lamentable, no suelo encontrar casos de investigadores que malversaran un solo peso. ¿De qué manera se justifica entonces la mutilación administrativa a la ciencia mexicana? “¿La economía y la administración no son acaso disciplinas científicas?”. La economía es, de acuerdo con mi definición, tan científica como la física o la paleontología. ¿Cómo es entonces que no han detectado algunos de los problemas que señalo? “Cereijido, estás completamente equivocado. Los funcionarios no son AC: entienden que bicicletear donativos, crear comités paralelos para ver cuál les “aconseja” lo que quieren escuchar, es parte de una política consciente”. Creo que estamos confrontando hechos con interpretaciones. Yo me refiero a un (1) Estado que otorga fondos para adquirir computadoras, y nos prohíbe su compra. (2) Da dinero para trabajar y nos lo quita como impuestos. (3) Cree que en serio la taxonomía administrativa básica/aplicada tiene algún sentido epistemológico. (4) Exige calendarización, pero retiene el dinero de los donativos por uno o dos años porque las campañas electorales de TV son muy caras. ¡ALBRICIAS! Cuando en 2006, el Conacyt, que tanta lata nos había dado con sus calendarizaciones demoró la entrega de fondos, nos paramos de pestañas para convencer a los proveedores que nos fiaran y surtieran para no interrumpir los proyectos. En una muestra de confianza y sensatez ¡accedieron! Cuando un año más tarde llegaron los fondos, los administrativos se negaron a pagarles, aduciendo ciertas tecnicalidades bochornosas. Oímos balbucear que se trata de requerimientos de entidades financieras supranacionales del tipo Banco Mundial.Pero como el dinero seguía durmiendo en algún lugar, planteamos el asunto a la Dra. María Cristina Revilla Monsalve, directora de Investigación Básica del Conacyt. En una muestra de sensibilidad ¡resolvió el problema en menos de veinticuatro horas! Si está permitido quejarse, debería ser igualmente posible reconocer, agradecer y felicitar.¿Ven como sí hay proveedores y funcionarios sensatos y de buena voluntad? Por eso, basta de lloriqueos. En el próximo artículo señalaré el secreto encanto de la investigación en México, y sugeriré paliativos al AC. Publicado en el diario La Crónica de Hoy el 15 de agosto de 2007. |
El autor es Profesor titular del Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias del Cinvestav y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.
Más acerca de Marcelino Cereijido Mattioli