| Recordación de María Luisa Ortega Delgado |
|
|
|
Entusiasta, innovadora, melómana, pero sobre todo, investigadora de clase mundial y generosa profesora, María Luisa Ortega Delgado dejó una escuela de investigadores en fisiología vegetal con énfasis en las especies mexicanas de mayor valor comercial y cultural. Así, generaciones de ingenieros agrónomos, fisiólogos, bioquímicos, tanto en Chapingo como el Colegio de Postgraduados, donde desarrolló su faceta docente, todavía la recuerdan por su brillante y exigente desempeño, su entusiasmo y solidez como investigadora. María Luisa Ortega, ganadora del Premio Nacional de Ciencias y Artes en 1996, será recordada también por otro rasgo de su personalidad: la extraordinaria generosidad para con sus alumnos, especialmente, con las mujeres. Mayra de la Torre, también ganadora del Premio Nacional de Ciencias y compañera de María Luisa Ortega en el Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República, recuerda la pasión con la que buscaba impulsar a las jóvenes investigadoras. “Fueron varias las aspirantes a investigadoras que recibió la doctora Ortega en su casa. Cuando una joven llegaba de provincia, sobre todo en décadas pasadas, el ambiente era especialmente difícil. Con María Luisa había además de un ambiente de dedicación y estudio, la generosidad de recibirlas y darles aliento para continuar. Para muchas de ellas, este apoyo fue decisivo”. Con su trabajo y gestiones, abrió las puertas de la Universidad Autónoma de Chapingo a las mujeres, cuando era una escuela militarizada y reservada a varones, y cuando fue necesario, también abrió las de su casa a las alumnas que no podían seguir adelante con sus estudios por motivos económicos. En el terreno científico, María Luisa Ortega fue una de las investigadoras científicas mexicanas más reconocidas en el extranjero por su trabajo con especies como el frijol, maíz, nopal, xoconostle. Originaria de Pánuco, Veracruz, llegó a ser una de las más orgullosas politécnicas e impulsora de la participación femenina en lo que ella misma llamaba “grandes ligas” de la biología.
María Luisa Ortega recordaba aquellos días como jornadas de reto intelectual. Las becas y los estímulos los ganaban sus compañeros hombres, y sólo gracias a su tesón y al brillante desempeño científico fue que ganó una beca del servicio alemán de intercambio académico. En 1958, la Europa de la posguerra, especialmente Alemania, no era un lugar fácil para una joven química mexicana, que tuvo que aprender alemán en pocas semanas, ya que su lugar en la Universidad de Colonia era muy disputado. Rápidamente se hizo merecedora de reconocimientos académicos, aún en etapa posdoctoral, y fue invitada al Instituto Max Planck deTubingen, de donde saltó a la Universidad de Wüzburg. María Luisa Ortega regresó a México con la certeza de poder contribuir a la mejora del campo y al estudio de especies mexicanas que muy pocos tomaban en cuenta. Su visión para estudiar las características que las hacían especialmente resistentes a las sequías todavía es vigente. En 1964 fue invitada a ingresar al Colegio de Posgraduados y a la Escuela Nacional de Agricultura, donde fue pionera en las áreas de fisiología vegetal y bioquímica, circunstancia que aprovechó, según narró ella misma, para empujar por la apertura a las mujeres en lo que hoy es la Universidad Autónoma Chapingo. “Desde luego que las mujeres podían estudiar para ingenieras agrónomas. La presión era mucha, porque me ocupaba de ayudarlas a sacar adelante sus materias. Llegaban de varios estados, con una gran vocación, pero a veces con pocos recursos. A mí me apoyó mi familia, pero muchas estaban aquí solas”.
Esta frase, obtenida en una entrevista concedida por ella en 2005, refleja muy bien su pensamiento: “Estudiar las especies características de México y cómo enriquecerlas es parte de la cultura. La tierra, nuestra tierra mexicana, fue siempre mi objeto de estudio. Es una pasión que siempre compartí con mis alumnos”. Es una pasión que rindió frutos. Generaciones y generaciones de ingenieros agrónomos, bioquímicos, se beneficiaron del empeño y la brillantez de esta científica mexicana. Por Rigoberto Aranda |