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Juliana González

24 de julio de 2007

Por Rigoberto Aranda

Filósofa e investigadora de gran prestigio, Juliana González Valenzuela ha recibido muchos de los  reconocimientos académicos más prestigiados. Sin embargo, asegura que para ella, no hay nada mejor que estar frente a sus alumnos, en un salón de clases, y observar los rostros fascinados de los jóvenes mientras desgranan juntos la realidad, el deber ser, el ideal.

La ética, la moral, pero también la libertad, el derecho y la posibilidad de vivir la sexualidad a plenitud, han ocupado espacios en su mente crítica y al mismo tiempo infinitamente curiosa.

Juliana González ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Ciencias y Artes, el doctorado Honoris Causa de la Universidad Nacional Autónoma de México, de cuya Facultad de Filosofía y Letras es profesora emérita, y pertenece al Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República.

Pregunta: Es extraño para una joven de su época estudiar filosofía… ¿qué buscaba en esa carrera?

Respuesta: Desde el bachillerato empecé a tener inquietudes sobre el tema, aunque de alguna manera tuve que decidir entre la biología y la filosofía.

Al llegar a la Universidad Nacional, tuve la enorme suerte y privilegio de encontrarme a los maestros del exilio español. Creo que no ha sido suficientemente acentuado que España era el corazón culto de Europa. Vivía en ese momento con grandes ideales, con una convicción de que empezaban nuevos tiempos. Había un verdadero entusiasmo del espíritu de la República española. En el momento en que queda trunco ese proyecto, nos  llega a nosotros y no tuvimos la menor idea: recibíamos una filosofía renovada, gigantes de la historia, de la medicina, fue una influencia decisiva, y en filosofía, fue rotunda.

¿Recuerda a algún profesor en especial?

Mi maestro fue Eduardo Nicol, un profesor catalán único, que entonces estaba empezando a dar clases en la Universidad. Había trabajado en Cataluña sobre los griegos, con una beca Guggenheim. La idea del Hombre, una revisión de lo vivo que pueden estar los grandes creadores griegos en esta nueva era. Todo eso fue determinanteTambién estudié con José Gaos muchos años. Era un maestro muy cuidadoso en su trabajo. De él obtuve una idea de la filosofía como ciencia rigurosa, pero al mismo tiempo renaciente. Fue la gran avenida por donde entré a la filosofía.

Su doctorado lo hizo en México… ¿nunca tuvo inquietud por irse a Europa, a EU?

A punto de terminar mi carrera tenía ya escrita una tesis sobre Estética. Había obtenido una beca para ir a Alemania, pero me entró una crisis de conciencia sobre si debía irme y perder el privilegio que tenía de aprender con los maestros españoles. Lo ponderé en todos los sentidos y opté por quedarme en México. Nunca me he arrepentido, recibí una formación de excelencia no sólo de los españoles. En México había una  tendencia interesante en humanidades y filosofía: los hermanos Caso; los hiperiones: Luis Villoro, Uranga, Ricardo Guerra, que marcaron el destino de la filosofía; qué decir de Alfonso Reyes. Grandes figuras mexicanas. Ese ambiente me hizo apasionarme cada vez más por la filosofía.

En su familia, ¿había alguna tradición de este tipo?

Nací en la ciudad de México por accidente, porque mi familia es sonorense. Vivía en la colonia del Valle, y creo que, a pesar de vivir en la calle Patricio Sanz, puedo decir que me crié en Sonora. Mi padre había muerto antes de que yo naciera y fue una figura emblemática. A veces un padre muerto pesa más que un padre vivo. Mi madre era una mujer triste. Me tenían en un colegio de monjas, que no era del todo malo para lo que suelen ser los colegios religiosos. A mí no me produjo ningún daño. Quizá, por ese entorno entre melancólico y provinciano, desde niña quería ser escritora.

Le tocó entonces una educación más bien conservadora

No del todo. Tuve la fortuna de haber ingresado a la Universidad Femenina de México en las épocas de doña Adela Formoso de Obregón Santacilia. En esa escuela se respiraba un espíritu liberal y una afirmación de la mujer intelectual muy importante. Le debo mucho.

¿Recuerda a sus compañeros de clase?

La mayoría de los amigos de mi generación no son filósofos, son artistas.  Los grandes amigos de mi juventud, con quienes hice casi toda mi carrera, son José Luis Cuevas, que se fue por el lado de la pintura, Salvador Elizondo, Carlos Monsiváis, que es un tipo muy especial de intelectual. Debo decir que la filosofía no estaba separada del mundo vivo. Todo era parte de nuestro mundo, no estábamos fragmentados en disciplinas.

Era un momento de revoluciones, de cambios

En el caso de la juventud  del 68 --que ya no me tocó como alumna sino como maestra-- viví todo el movimiento de la esperanza marxista, que fue fuertísimo. Los jóvenes estaban completamente ilusionados en que vendría la revolución y que ésta significaba el cumplimiento de los valores de Marcuse, del Eros y la civilización. No era simplemente el Manifiesto Comunista, El Capital, no. Tenían otro tipo de esperanzas, de utopías. ¿Los jóvenes ahora no tienen esa sensibilidad?

Ahora, cuando me pongo frente a mis alumnos en la universidad, encuentro una inquietud quizá más poderosa, impresionante, pero están todos tan necesitados, tan increíblemente necesitados de un para qué vivir, para qué pensar, para qué crear, y no saben por dónde encontrar respuestas.

¿Qué me dice de la mujer de sus tiempos?

Nos ha tocado vivir un cambio extraordinario. Mi madre era una mujer totalmente sometida. Amaba a mi padre, tenia una especie de endiosamiento, pero independientemente de esto, era un ser que vivía para él, como lo hacían mis tías y todas las mujeres de esa generación. Un sometimiento absoluto. No había un destino propio para la mujer.

¿Usted siguió el ejemplo?

Desde joven –y todavía hoy-- yo era ya una excepción absoluta, aunque me costaba trabajo subirme a un camión en pantalones. Suena exagerado, pero no podíamos andar en pantalones. Esto ocurría hace sólo 50 años, y generaba una sensación de rechazo. Nos ha tocado vivir este privilegio de liberación de género, y sexual particularmente. Yo estudié a Freud siete años, desde el punto de vista ético, no psicoanalítico ni clínico –ése no es mi ojo—y puedo dar fe de cómo dio un giro tremendo la vida, de pasar de una sexualidad de represión a una sexualidad que, por otro lado, a mi modo de ver, ya se pasó de la raya.

¿En qué sentido?

Creo que ya se perdió el sentido erótico de la vida.

Pero todavía hay mucha violencia contra las mujeres, machismo…

Hay una vanguardia de la sociedad que va adelante, pero hay muchas personas que viven a destiempo. Una enorme cantidad de mujeres que siguen siendo decimonónicas, y de eso nos habla la violencia, de machos que les pegan, un signo de que esa liberación no ha llegado para muchas.

¿Y esa niñita del colegio monjil, dónde dejó a Dios?

No tengo religión. En esto mi maestro es Sócrates. No sé.

Lo más importante que la filosofía me ha dado en ese punto es poderme plantar en la orilla y decir… No sé.

En este momento de mi vida estoy próxima a moverme en la dirección de la búsqueda, desde las ciencias. Lo que más me produce una sensación de sacralidad es cuando me asomo a ver el ADN. Nos hace falta a todos detenernos…

Juliana pasa de la risa abierta y el entusiasmo al ensimismamiento, a un claro proceso de evocación. Su casa es como ella. Llena de flores, cuadros, libros, señales de sus viajes, sus gustos, sus diversas inquietudes e intereses. En sus últimos libros, la profesora aborda temas en la vanguardia de la ciencia y la tecnología, y es referencia obligada en temas de bioética. Su enorme curiosidad, su amor por la naturaleza, por sus perros, gatos, sus animales, como ella los llama cariñosamente, se leen en su hogar, igual que en sus textos.  Su apasionado interés por las ciencias de la vida, por la astronomía, por la genética, las neurociencias… ¿de dónde surge?

Es absolutamente extraordinario lo que ha surgido en las ciencias de la vida. Ya la física y la Astronomía nos habían dicho cosas absolutamente extraordinarias. Cuando vienen y me dicen que hay universos paralelos, me quedo literalmente lela. Sin embargo, no me es tan cercano. En cambio, la genética y, particularmente, las neurociencias, me tienen realmente impresionada.

Por eso llama usted a detenernos un poco… ¿para asimilar estos descubrimientos?

Sí. Me parece que pasamos demasiado rápido por los descubrimientos de estas ramas, no nos detenemos. ¿Cómo es posible que la Drosophila –la mosca de la fruta— y yo compartamos la misma estructura? Nos hace falta tiempo de contemplación. Reflexión. Es la primera vez que lo digo. Marx decía: ya basta de contemplar el mundo, hay que transformarlo. Yo digo: ya basta de transformar el mundo: hay que contemplarlo.

¿Y donde encaja usted en esa tarea contemplativa?

Mi plan de vida para los años que me quedan es bajarle al activismo. Marcuse hablaba ya de esta civilización compulsiva, que nos falta la parte femenina, la receptividad, escuchar el todo del Universo. La mayor parte de mi tiempo lo vivo en Tepoztlán, y el otro estado de mi vida es caminar. Adoro a mis animales, mis perros y gatos.

¿A qué se dedica una filósofa en su tiempo libre?

Me encanta comer, beber. Los fines de semana, en mi casa de Tepoztlán, Morelos, me tomo mis buenas copas, aunque cada vez lo hago menos. Pero por la razón correcta: cada vez me gusta más el vino, y cada vez el vino más fino. En esa medida. También tengo una pequeña alberca, y nado. Me gusta disfrutar a mis amigos. De joven era muy amiguera, pero ahora estoy menos vinculada con mis amigos. Mi goce por la amistad estaba vinculado con la diversidad.

¿No los extraña?

Un vínculo vital para mí son mis alumnos, por eso ahora que soy investigadora, quiero regresar a dar clases. La investigación es muy absorbente.

Administra muy bien su tiempo…

A medida que se acerca uno al final de la vida, se vuelve uno absolutamente avaro del su tiempo. Me entra una profunda angustia, al darme cuenta de que algunos libros ya no los voy a leer. Es una sensación de que la vida se va acortando. En cambio, el deseo es infinito. La inquietud, las ganas de viajar, de conocer, de disfrutar, de leer esto y lo otro. Mientras más se quiere menos se puede. El deseo va en aumento a medida que uno va envejeciendo. Aprende uno que toda decisión implica una renuncia. Va uno muriendo. Eso de que se muere uno un día, no es cierto.

¿Y usted, qué espera del futuro, de la ciencia?

De la ciencia puede venir el fin de lo humano, pero también pude venir un encuentro con las fuerzas más verdaderas. De la astronomía y la biología vendrán grandes revelaciones

¿Cómo se imagina la vida en otros planetas?

La idea que más me gusta es la de Las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, en las que los marcianos seamos nosotros mismos o nuestros deseos proyectados. La de Bradbury es una de las ideas mas geniales que se han tenido sobre los habitantes de otros planetas.Pero no. Yo creo que serán exactamente lo contrario. En eso nos ha faltado mucha imaginación.  Cuando volteamos al fondo del mar y vemos esas maravillas, esa cantidad de criaturas rarísimas. La vida forma entes inconcebibles. ¿Por qué debían ser como nosotros? el antropomorfismo es monstruoso.

 

¿Y de las neurociencias?

Es algo que nos acerca a lo que pudieron percibir los que se han asomado y no se han vuelto locos, como pasó con Nietzche. En la mente está quizá el más profundo significado de nosotros mismos.

¿Qué le falta por hacer?

Tengo que escribir varios libros, repensar el contexto de la filosofía contemporánea. La metafísica actual norteamericana. No puedo abandonar mis preocupaciones sobre la ética y la ciencia. Tiene uno que aprender a morir. El judío errante es el peor castigo imaginable… pero quiero vivir bastantes años más, porque me encanta la vida. Decía mi maestro Nicol, citando a San Agustín: hay que llegar a la muerte llenos de vida.

 
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